Hoy me he plantado. He decidido decir basta. He pataleado. Me he rebelado.
Por casualidades de la vida, después de una intensa tarde de estudio en la biblioteca de la Uni, me ha llamado mi padre al móvil. Tras retener la llamada mientras abandonaba ese recinto en el que huele a neurona chamuscada, descuelgo y hablo con él. Tras unos segundos, se oye un ruido algo raro y el aparato entra en una especie de coma agónico. Y digo agónico porque, tras algún que otro insulto desmedido hacia ese saco de chips, al intentar encenderlo de nuevo parpadeaba en un intento por volver a vivir pero sin éxito alguno. Parecía que el móvil lanzaba una señal desesperada de socorro antes de ir al Cielo de los móviles.
Tras este incidente, temiendo que mi señor padre creyese que había sido abducido por alguna forma de vida superior, me lancé a la desesperada por el Campus buscando una cabina. Nunca me había fijado si había alguna cerca. Tras no más de 5 minutos de una no muy intensa búsqueda encontré una, solitaria en la acera de enfrente. Después de acercarme con reticencia, mirando a todos lados por si me encontraba con alguien conocido y que pudiese señalarme con el dedo y borrarme de su Facebook por utilizar un cacharro que tiene muy poco de tecnológico, decidí a introducir unas monedas. Mínimo 0.90 € se podía leer en la mínima pantalla. Joder, anda que no es caro, me dije a mí mismo en voz alta, sin importarme si alguien pudiese oírme. Introduje el dinero, eso sí, en las monedas más pequeñas que tenía, para que se joda Telefónica, pensé, esta vez en voz baja, por miedo a que después de tantos insultos no funcionase. Marqué el numero, me encomendé al Señor Telefónica y esperé a que aquello funcionase. Conseguí hablar con mi padre apenas medio minuto, presenciando una cuenta atrás antes de que mi saldo se agotase. Al colgar ese auricular negro en su sitio fue cuando tuve la revelación. Las pupilas se me dilataron. Los impulsos eléctricos circularon a máxima velocidad por mis neuronas. Lo vi todo claro. Era dependiente de un trozo de plástico rectangular con circuitos. Al quedarme sin batería comprendí que mi autonomía no era la que yo pensaba. Necesitaba estar conectado en todo momento, si no se producía una pequeña catástrofe como la que había presenciado. Y desfilaron por mi cabeza todos esos otros cacharros tecnológicos de los que mi vida dependía. Y entonces respiré hondo. Noté en mi propia carne algo de ese halo de romanticismo que tenía hablar por una cabina de teléfono. Guardé mi móvil muerto en la mochila y volví a respirar. Estaba incomunicado. Nadie podía ponerse en contacto conmigo. Era independiente. Respiré aún más hondo. Creo que en ese momento empecé a caminar de otra manera. Me sentía libre.
Y todo esto sucedió porque mi móvil había muerto. Gracias ello me dí cuenta de todas esas cosas. Y gracias a ello he decidido empezar este blog.
Hoy, como alguien dijo por ahí, es el primer día del resto de mi vida.