Uno va tan tranquilo en el metro, escuchando su música, poniendo la oreja a las conversaciones ajenas, cagándose en los mensajes por megafonía que dicen «Señores viajeros, por un problema en bla bla bla bla…» cuando pegas un respingo, te sobresaltas y los ojos se te ponen como platos. Esta mañana, de vuelta de la Uni hacia mi casa me encuentro con lo que se puede ver en la foto. Sé que no se distingue casi nada, pero ni la calidad de mi móvil -era lo único que tenía a mano- ni mi ausente talento para paparazzi me permitió sacar nada mejor. Si se presta más atención a la foto se puede observar cómo una señora -en realidad eran dos, pero la otra se sale de plano- transporta una bolsa azul, la famosa bolsa azul del Ikea. Esto sé que no tiene el menor interés, la calle está plagada de señoras con bolsas de Ikea. Ahora viene la diferencia. Si aumentamos aún más nuestra atención al detalle en la fotografía podremos adivinar lo que hay dentro de la bolsa y que sobresale. Es un maniquí. Creo que serán capaces de entender mi reacción cuando uno va tan campante en el metro y se encuentra con una cabeza metida en una bolsa. Hasta que uno consigue discernir que se trata de un maniquí de plástico y no una persona descuartizada pasan unos segundos de asombro infinito.
A partir de este hecho, mi mente empieza a funcionar inevitablemente. Cómo uno puede saber que, efectivamente, es tan sólo un maniquí. La comparativa entre un mueble del Ikea y ese cadáver -maniquí si prefieren- es inevitable. Uno se lleva la cama Stronken por piezas, que parece que está recién salida del desguace para que, con un poco de paciencia, unas instrucciones muy detalladas y varias llaves Allen puedas construirte tú tu propio mueble. Quién sabe si ese maniquí se sólo un maniquí o por el contrario es un futuro hombre que sólo hay que leer las instrucciones, apretar unos tornillos por aquí y por allá y empezar a usar como hombre objeto. Acojona.
Lo único que consigue consolarme es que ese hombre que viene al Mundo será como todos los muebles de Ikea: bonito pero malo. No durará más de tres meses. Pero el daño ya está hecho.