Por casualidad Valencia.

La cosa es que este año, hace ya un par de meses, unos amigos y yo (Carlos, Lucía y Laura, no se enterarán de que los nombro aquí, pero así queda constancia de ellos) decidimos irnos este verano unos días a Barcelona. Y había muchas ganas de ello. Quieras que no, a nuestros 19 años, es una experiencia irse solos al mundo, saboreando un poquito de la tan ansiada independencia. Además a Barcelona, la segunda ciudad más importante de España (con permiso de Madrid, claro está), y con todo ese halo bohemio que envuelve a la ciudad condal, uno tiene más ganas aún.

Pero no fue posible. Después de que todo estaba planeado, de haber mirado y remirado todas las ofertas de apartamentos, y de decidir el ideal, al llegar a la agencia con el dinero en la mano, nuestras esperanzas se vinieron abajo: no había plazas. Ante tal desastre, la solución, que en ese momento parecía más bien un parche, era buscar otro destino, que probablemente no sería tan mágico como Barcelona por las razones antes citadas.

Y así fue como decidimos Valencia.Yo he de confesar que acepté tras levantar el morrito como símbolo de protesta, ya me habían chafado mis planes de visitar Barcelona, así que cualquier otro destino hubiese provocado el mismo gesto. Y dimos con unos apartamentos con muy buena pinta (y la verdad es que luego, en la realidad, sí que tenían esa buena pinta, además de que supieron solucionar algunos problemas que surgieron).

Y ahora, ya de vuelta de Valencia, he de decir que me ha sorprendido. No me esperaba en absoluto que fuese así. Esperaba que fuese fea. Me la imaginaba como una ciudad con playa, algo como Benidorm, donde todo es feo, igual y uniforme. Pero me equivocaba. El casco histórico (Barrio del Carmen) es una delicia. Los edificios tienen un encanto único, son antiguos pero bien cuidados. Una ciudad agradable para pasear y salir de marcha. Limpia, con el encanto de los tranvías y el mar. Una playa que, en contra de lo que pensaba, no estaba abarrotada, tenías suficiente espacio para dejar la toalla sin que el vecino se te echase encima. Y el mar tenía una temperatura ideal.

La única pega han sido sus conductores, que me atrevo a afirmar que están todos locos.

En resumen, que me ha gustado Valencia. Una ciudad que recomendaría a cualquiera para pasar unos días.