Las tensiones en los mercados de deuda aumentan el coste de los Estados

52 fotos, 52 semanas (2)

Uno quisiera entender de economía por aquello de estar a la moda. Uno oye en el telediario euríbor, prima de riesgo, Eurozona, IPC, CEOE y siente envidia por no poder manejar esos términos con la naturalidad que se coge un metro o se pide un café.

Aunque así, de sopetón, uno no sabe lo que es el euríbor, por ejemplo, sí sabe que tiene que ser algo importante, algo relevante en el contexto económico actual. Y, pensándolo bien, la verdad es que encaja a la perfección en el campo económico. Piénsenlo. Euríbor, qué palabra. Se hace algo áspera al pronunciarla con esa r final, hasta escrita se ve que es fea. Precisamente eso hace que parezca importante, quizá más de lo que en realidad signifique, que no lo sé y no me voy a poner ahora a buscarlo que, todo sea dicho, tampoco me importa mucho. Si ahora alguien me pidiese que hiciese una frase que contuviera la palabra Euríbor, probablemente saldría corriendo.
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52 fotos, 52 semanas (8)

52 fotos, 52 semanas(8)

Vuelve a ser fin de semana y el proyecto sigue su camino con una nueva fotografía. Esta vez, una fotografía de mierda.

La mierda es algo que fascina a todo el mundo. Probablemente la principal razón sea la democracia del asunto. Hay gente que puede permitirse el lujo de vivir en una casa que dé al mar con siete u ocho habitaciones, servicio doméstico y un campo para jugar al golf. Otra, sin embargo, se tiene que conformar con vivir en un piso en las afueras, mal iluminado, mal comunicado y hasta con humedades.

Pero lo que une a la gente de toda clase social es algo tan llano y simple como el acto de cagar. Figúrate tú que la diferencia entre una estrella de cine y un barrendero no es tanta. Si pudiésemos ver a ambos en el momento en el que se esfuerzan en eliminar del cuerpo los restos de la digestión no podríamos ser capaces de obviar las similitudes. Es como aquellos juegos de encuentra las 7 diferencias. La cara de esfuerzo de ambos sería prácticamente igual, incluso en ese estado, el impecable rostro de la estrella de cine podría adoptar una expresión tan extraña que haría la delicia de cualquier parazzi.

Y creo que si en la sociedad se tratase con algo más de naturalidad la cuestión, todo sería más fácil. No puedo comprender el pudor y las reticencias que existen al hablar de algo tan común, tan normal y tan necesario. Hasta puede ser que algún gran mandatario haya tomado decisiones equivocadas en un momento en el que su cuerpo estuviese demandando con urgencia una visita al cuarto de baño y que se haya visto obligado a improvisar algo de lo que dependiese la humanidad entera.

En fin, que deberíamos dar a la mierda el tratamiento que se merece. El Mundo sería un lugar mejor.

Un pequeño desastre.

desastre
Soñé que iba en el metro y que entraba la palabra mosca revoloteando, usando la m y la a como alas. Tras unos círculos en el aire y alguna que otra pirueta se posó delicadamente en el libro que estaba leyendo. Entonces, todas las palabras de la hoja que leía se estremecieron y abandonaron su posición para huir con rapidez. Las oraciones subordinadas se deshicieron las primeras, libres ya sin depender de nada ni de nadie. Después lo hicieron las compuestas y por último las simples. Quizá estas últimas lo hicieron con aún mayor premura, probablemente por temor a que alguna palabra de una oración subordinada se tomara la justicia por su mano y decidiese tomarlas presas.

La palabra león corría persiguiendo a gacela, los pronombres buscaban un poco de atención, los adjetivos parecían desorientados sin sustantivos a los que adjetivar y las conjunciones se amontonaban en el suelo como una montaña de cadáveres sin nada que unir.

Un viajero tiró del freno de emergencia cuando vieron que la situación se había propagado a otros libros cercanos. Las palabras orden y autoridad estaban siendo acorraladas en una esquina del vagón por guerra, anarquía y poder. Incluso los palabras de los anuncios que decoraban el metro se habían descolgado también y coca-cola perdía líquido y gas poniéndolo todo perdido. Un par de aviones, pájaros y nubes pasaron rozándome el pescuezo.
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¿O quizá no?

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La realidad a veces parece salida de un Ikea: bonita pero, en el fondo, de mala calidad. Pongamos por ejemplo esos resorts de lujo en países como México. Son bonitos, sí, parece el paraíso, con esas playas de postal y con una pulsera en tu muñeca que te da derecho a pedir cualquier cosa. Pero no te salgas del recinto o puede que una bala de un narco despistado te pase silbando por la oreja. Qué cosas. Por eso propongo que esos muebles del Ikea de nombre impronunciable (al menos para uno que no tiene ni idea de sueco) deberían cambiar el nombre y pasarse a llamar México o Haití o capitalismo. O quizá, al revés, y el capitalismo debería llamarse Markör, México tendría que llamarse Lampan o Haití, Kolja.

En cualquier caso, uno tiene la sensación de que, en vez de una sola, hay muchas realidades superpuestas. Y, al parecer, hay realidades de primera, de segunda y hasta de tercera regional. Díganme si no cómo podríamos comparar a EEUU con un país del Tercer Mundo (o, si lo prefieren, en Vías de Desarrollo si son amigos de los eufemismos). Es como si jugasen en ligas distintas. Imaginemos, por un momento que los políticos tuviesen conciencia -sí, ya sé, es difícil- y que, en vez de preocuparse por el poder exclusivamente fueran un poco más allá. Digamos que se diesen tanta prisa en solucionar el hambre en el mundo o la pobreza como lo hacen en rescatar el capitalismo. Pero sé que son cosas distintas. Desde luego, la dignidad de las personas tiene mucho menos urgencia que salvar este o aquel banco, no vaya a ser que los que ahora son ricos sean menos ricos y que los pobres, menos pobres. No vaya a ser, en definitiva, que el mundo sea un lugar mejor porque corremos el riesgo de que nos demos cuenta de que algo está fallando y queramos pedir explicaciones.

Así que, para que todo siga igual, lo mejor es no hacer nada. ¿O quizá no?

52 fotos, 52 semanas (7)

52 fotos, 52 semanas (7)

Pongamos que un día, metido usted en el sótano de su casa, con un par de tuercas, tornillos, un poco de cinta americana y algún que otro utensilio cotidiano consigue crear una máquina capaz de clonarle. La euforia inicial es comprensible. Desde luego, ha alcanzado usted un invento del que se ha estado detrás durante siglos sin que otro antes hubiese conseguido nada que se aproximase. Se sentirá como el hombre que inventó la cremallera, o como el que inventó la gaseosa -figúrese la de experimentos que se han hecho con ella- o como el que descubrió la rueda. Tiene unas ganas imperiosas de salir a la calle y gritarlo a los cuatro inventos: «¡He inventado la máquina de clonar!¡He inventado la máquina de clonar!» -por supuesto, habría que buscarle un nombre más comercial, por aquello del marketing-. Pero algo le detiene. Hay algo que le impide comunicárselo a nadie, sabe que tiene que guardar el secreto. Ni siquiera se atreve a probar al dichosa máquina con usted mismo.

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Me llevo éste. No, póngame mejor ese otro.

Hace poco leí la noticia de que un abuelo había acudido a un colegio y se había llevado a un niño que no era su nieto. Figúrense ustedes la angustia de la familia que no encontraba a su hijo. Y la tranquilidad de la otra.

Ese abuelo, inconscientemente, fue durante unas horas un secuestrador. La verdad es que si uno comete un delito pero no sabe que lo está cometiendo es mucho menos apasionante. Creo que, cuando descubrió que había cometido ese error, la policía debería haberle dejado un par de horas más para que disfrutase y se sintiera un poco como un fugitivo, que eso siempre tiene algo de morbo. No se puede negar las ganas que te entran después de ver una película de intriga de salir a la calle con los ojos entrecerrados, mirando de lado a lado y con la permanente sensación de que en cualquier momento pueden descubrirte. Preparas unas tijeras para recortar letras en periódicos y revistas para formar el mensaje del rescate y que así no reconozcan la letra. Lo primero sería pedir una suma de dinero grande, con muchos ceros, prometiendo que si antes de 48 horas no dejaban la bolsa con el dinero dentro de la papelera que tú has decidido, el niño morirá. Y no llamen a la policía. Esta última frase sería fundamental, aunque supongo que nadie en su sano juicio la seguiría, pero añadir esto al final del mensaje siempre da algo de nivel a la operación, como si existiese un manual de estilo del secuestrador que hubiese que cumplir. Además con suerte el niño desarrollaría el Síndrome de Estocolmo y reclamaría ser el nieto legítimo del captor rechazando volver con sus padres. Ahora el abuelo tendría un nieto nuevo al que agasajar con sus regalos de chino. Que no es nada fácil malcriar a un nieto, aunque hoy en día, cualquiera lo hace.

De todas maneras, supongo que el abuelo no tenía ni idea de nada. Al fin y al cabo, los niños con 1 año y medio se parecen mucho. Será éste, debió pensar, o éste. Y cogió el primero que pilló.

52 fotos, 52 semanas (6)

52 fotos, 52 semanas (6)

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA LEER UN LIBRO

Antes de nada, antes siquiera de abrir el libro o de elegirlo, ponga un poco de entusiasmo. No se exceda no vaya a ser que creemos expectativas desmesuradas que luego no sean cumplidas. Ahora trate de elegir un libro. No se deje llevar por el dibujo de la portada, eso es lo de menos, intente escoger un libro de tal manera que en realidad parezca que haya sido él quien le ha escogido a usted. Total, durante un período de tiempo más o menos corto, mantendrán una breve y, si hay suerte, intensa relación. Una vez que ya tenga el libro en sus manos trate de girarlo y manosearlo. Como se habrá dado cuenta, es poco funcional. A parte del uso para el que ha sido pensado, dependiendo del grosor, puede usarse para calzar una mesa, o, para hacer de bulto en una estantería o, incluso, se puede atizar a alguien con él. Poco más.

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52 fotos, 52 semanas (5)

52 fotos, 52 semanas (5)

Sí, sí, lo sé: es sábado. Y ya van 5 sábados. La verdad es que ando ilusionado con este proyecto, estoy descubriendo nuevos horizontes en la fotografía.

¿Y esta semana de qué hablamos? Si hace un par de semanas escribí sobre el arte y anteriormente lo hice sobre el dinero, esta nueva foto la he querido dedicar a algo mucho más llano y menos trascendental -por lo menos a simple vista. Pero, ¿han mirado bien la foto?, ¿están viendo los granos de café?, ¿los están oliendo? Me encanta el olor del café. Es destapar un bote con café y hacer el acto reflejo de respirar hondo y cerrar los ojos. Incluso, para preparar esta fotografía, el olor que desprendían los granos me fascinaba.

Así que, a raíz de esta fotografía, he decidido reivindicar los placeres sencillos. Hagamos una pequeña lista con algunos de mis placeres sencillos: el olor del café, explotar burbujas de los embalajes, meter los dedos en un saco de lentejas, el sonido de unos tacones, llenar un vaso hasta que rebose, el sonido de una lata de refresco al abrirse, el olor a libro nuevo… Creo que es hora de salirse del cauce de la vida moderna y perder un poco el tiempo para disfrutar con estos pequeños placeres. Si hay algo de lo que soy testigo es de que la gente suele preocuparse exclusivamente por aquello que sea más importante para su vida dejando de lado todo lo banal. Pues hoy y desde este blog quiero hacer apología de lo insustancial, de todo aquello que no nos lleva a ningún lado y que nos produce un placer a corto plazo, a muy corto plazo. De vez en cuando hay que dejar de preocuparse de la economía, de la salud, de la política, de la cultura y de lo importante para sentirse estúpido al salir a la calle y pisar una acera llena de hojas secas escuchando cómo crujen. A veces, esto es lo importante, darse el placer a uno mismo sin esperar grandes cosas. Todo lo demás, superfluo.
¿Alguien me cuenta sus propios pequeños placeres?

Alcine 40

Hoy es la inauguración en Alcalá de Henares del Festival de cortometraje Alcine. Durante una semana la ciudad se transformará y acogerá en algunos de sus recintos más importantes el pase de cortometrajes, se dejarán ver algunos directores y actores reconocidos en el panorama artístico actual y habrá distintos actos que tendrán como denominador común el cine, y más aún, el corto.

En este tiempo podremos ser testigos de un cambio en el curso normal de la vida y contemplar como una tribu urbana campa a sus anchas, sin nada que ocultar y sin tener que esconderse: el gafapastismo. Los alrededores de los recintos donde se exhibirán los cortos serán un ir y venir de personas con sus gafas de pasta negras, sus peinados extravagantes y su afición por lo moderno. Así que yo, que intentaré no perderme las sesiones oficiales de cortometrajes, para no destacar y camuflarme entre la multitud no tendré más remedio que disfrazarme y convertirme en un gafapasta más.

Lo importante será actuar con normalidad, como si de verdad fueras uno de ellos, adoptando un aire intelectual y pensativo y un gesto de modernidad. Algunos cortometrajes, como me pasa todos los años, no los entenderé ni pizca dudando de si son realmente malos -como una patada en las pelotas, para que me entendáis- o es que en realidad son vanguardia y mi mentalidad de no-gafapasta no alcanza a comprender. Pero, si se da cualquiera de las situaciones anteriores no me quedará otro remedio que fingir que el corto, en realidad, quiere decir algo mucho más profundo y me haré el interesante, llevándome la mano a mi mentón y haciendo que medito. Esto formará parte de la forma de actuar durante los próximos 7 días. Pero, una vez pasado ese período, me dejaré de tantas tonterías y volveré a ser el ser primario que era antes, aunque quizá me sienta cómodo bajo mi disfraz adoptándolo como mi propia piel.

Sólo espero que el esfuerzo no agote  mi salud mental.