Me llevo éste. No, póngame mejor ese otro.

Hace poco leí la noticia de que un abuelo había acudido a un colegio y se había llevado a un niño que no era su nieto. Figúrense ustedes la angustia de la familia que no encontraba a su hijo. Y la tranquilidad de la otra.

Ese abuelo, inconscientemente, fue durante unas horas un secuestrador. La verdad es que si uno comete un delito pero no sabe que lo está cometiendo es mucho menos apasionante. Creo que, cuando descubrió que había cometido ese error, la policía debería haberle dejado un par de horas más para que disfrutase y se sintiera un poco como un fugitivo, que eso siempre tiene algo de morbo. No se puede negar las ganas que te entran después de ver una película de intriga de salir a la calle con los ojos entrecerrados, mirando de lado a lado y con la permanente sensación de que en cualquier momento pueden descubrirte. Preparas unas tijeras para recortar letras en periódicos y revistas para formar el mensaje del rescate y que así no reconozcan la letra. Lo primero sería pedir una suma de dinero grande, con muchos ceros, prometiendo que si antes de 48 horas no dejaban la bolsa con el dinero dentro de la papelera que tú has decidido, el niño morirá. Y no llamen a la policía. Esta última frase sería fundamental, aunque supongo que nadie en su sano juicio la seguiría, pero añadir esto al final del mensaje siempre da algo de nivel a la operación, como si existiese un manual de estilo del secuestrador que hubiese que cumplir. Además con suerte el niño desarrollaría el Síndrome de Estocolmo y reclamaría ser el nieto legítimo del captor rechazando volver con sus padres. Ahora el abuelo tendría un nieto nuevo al que agasajar con sus regalos de chino. Que no es nada fácil malcriar a un nieto, aunque hoy en día, cualquiera lo hace.

De todas maneras, supongo que el abuelo no tenía ni idea de nada. Al fin y al cabo, los niños con 1 año y medio se parecen mucho. Será éste, debió pensar, o éste. Y cogió el primero que pilló.