52 fotos, 52 semanas (7)

52 fotos, 52 semanas (7)

Pongamos que un día, metido usted en el sótano de su casa, con un par de tuercas, tornillos, un poco de cinta americana y algún que otro utensilio cotidiano consigue crear una máquina capaz de clonarle. La euforia inicial es comprensible. Desde luego, ha alcanzado usted un invento del que se ha estado detrás durante siglos sin que otro antes hubiese conseguido nada que se aproximase. Se sentirá como el hombre que inventó la cremallera, o como el que inventó la gaseosa -figúrese la de experimentos que se han hecho con ella- o como el que descubrió la rueda. Tiene unas ganas imperiosas de salir a la calle y gritarlo a los cuatro inventos: «¡He inventado la máquina de clonar!¡He inventado la máquina de clonar!» -por supuesto, habría que buscarle un nombre más comercial, por aquello del marketing-. Pero algo le detiene. Hay algo que le impide comunicárselo a nadie, sabe que tiene que guardar el secreto. Ni siquiera se atreve a probar al dichosa máquina con usted mismo.

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