¿O quizá no?

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La realidad a veces parece salida de un Ikea: bonita pero, en el fondo, de mala calidad. Pongamos por ejemplo esos resorts de lujo en países como México. Son bonitos, sí, parece el paraíso, con esas playas de postal y con una pulsera en tu muñeca que te da derecho a pedir cualquier cosa. Pero no te salgas del recinto o puede que una bala de un narco despistado te pase silbando por la oreja. Qué cosas. Por eso propongo que esos muebles del Ikea de nombre impronunciable (al menos para uno que no tiene ni idea de sueco) deberían cambiar el nombre y pasarse a llamar México o Haití o capitalismo. O quizá, al revés, y el capitalismo debería llamarse Markör, México tendría que llamarse Lampan o Haití, Kolja.

En cualquier caso, uno tiene la sensación de que, en vez de una sola, hay muchas realidades superpuestas. Y, al parecer, hay realidades de primera, de segunda y hasta de tercera regional. Díganme si no cómo podríamos comparar a EEUU con un país del Tercer Mundo (o, si lo prefieren, en Vías de Desarrollo si son amigos de los eufemismos). Es como si jugasen en ligas distintas. Imaginemos, por un momento que los políticos tuviesen conciencia -sí, ya sé, es difícil- y que, en vez de preocuparse por el poder exclusivamente fueran un poco más allá. Digamos que se diesen tanta prisa en solucionar el hambre en el mundo o la pobreza como lo hacen en rescatar el capitalismo. Pero sé que son cosas distintas. Desde luego, la dignidad de las personas tiene mucho menos urgencia que salvar este o aquel banco, no vaya a ser que los que ahora son ricos sean menos ricos y que los pobres, menos pobres. No vaya a ser, en definitiva, que el mundo sea un lugar mejor porque corremos el riesgo de que nos demos cuenta de que algo está fallando y queramos pedir explicaciones.

Así que, para que todo siga igual, lo mejor es no hacer nada. ¿O quizá no?