
Soñé que iba en el metro y que entraba la palabra mosca revoloteando, usando la m y la a como alas. Tras unos círculos en el aire y alguna que otra pirueta se posó delicadamente en el libro que estaba leyendo. Entonces, todas las palabras de la hoja que leía se estremecieron y abandonaron su posición para huir con rapidez. Las oraciones subordinadas se deshicieron las primeras, libres ya sin depender de nada ni de nadie. Después lo hicieron las compuestas y por último las simples. Quizá estas últimas lo hicieron con aún mayor premura, probablemente por temor a que alguna palabra de una oración subordinada se tomara la justicia por su mano y decidiese tomarlas presas.
La palabra león corría persiguiendo a gacela, los pronombres buscaban un poco de atención, los adjetivos parecían desorientados sin sustantivos a los que adjetivar y las conjunciones se amontonaban en el suelo como una montaña de cadáveres sin nada que unir.
Un viajero tiró del freno de emergencia cuando vieron que la situación se había propagado a otros libros cercanos. Las palabras orden y autoridad estaban siendo acorraladas en una esquina del vagón por guerra, anarquía y poder. Incluso los palabras de los anuncios que decoraban el metro se habían descolgado también y coca-cola perdía líquido y gas poniéndolo todo perdido. Un par de aviones, pájaros y nubes pasaron rozándome el pescuezo.
Sigue leyendo «Un pequeño desastre.»