En la esquina superior derecha, el sol, medio tapado por un nube esponjosa, tenía el color rojizo característico de las últimas horas de la tarde. Irradiaba una luz cálida que daba a la realidad un matiz dorado muy afortunado para la composición. Siguiendo la nube que cubría parcialmente el sol, se llegaba a una bandada de pájaros lejanos que estaban buscando, sin duda, algún sitio en el que posarse para pasar la noche. Un poco más abajo, una espesa arboleda filtraba los últimos rayos de sol que proyectaban una curiosa sombra, nada uniforme, pero muy sensual. En el medio de la foto, dos chiquillos sonreían. Él llevaba un corte de pelo a tazón, con un flequillo que casi le cubría los ojos. La boca se estiraba con un sonrisa que dejaba ver los dientes que estaban dispuestos de una forma destartalada, montados unos sobre otros, pero sin espacio entre ellos. Debajo de la minúscula nariz se intuía una suave pelusa, un proyecto de bigote que con los años se haría más espeso pero que ahora constituía un tímido bozo que añadía un carácter aniñado a su expresión. La camisa, con los dos últimos botones desabrochados, era a la moda de la época, con un estampado marrón y con unos puños que habían sido remangados. El pantalón destacaba por ser excesivamente ajustado y una o dos tallas menos de la adecuada que dejaban entrever los calcetines. En los pies, unos zapatos poco lustrosos cerraban la vestimenta.
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