En mi habitación, para intentar ganar espacio, hace ahora un año que cambié la habitual cama por una litera. Aparte de lo obvio del aumento de espacio, la experiencia de dormir en las alturas es agradable, teniendo la sensación de estar durmiendo en una especie de nido – o en una cuna en caso de tener el Síndrome de Peter Pan.
Hoy, al volver de la facultad, donde antes estaba la citada litera había un par de escaleras mecánicas, una de subida y otra de bajada. Acostumbrado, tras años de existencia, a que las cosas sigan en el mismo sitio donde uno las dejó, esta aparición me produjo una perplejidad infinita y una inquietud a corto plazo por no saber dónde poder dormir esta misma noche. Cualquiera que haya intentado dormir en unas escaleras mecánicas en funcionamiento sabrá que no es nada fácil encontrar una postura propicia para el sueño, siendo más fácil quedarse dormido, por ejemplo, de pie en un armario. Las escaleras debían de comunicarse con alguna realidad paralela porque se hundían en el techo y se desvanecían en una especie de resplandor. Por cerciorarme de que estaba en lo cierto, puse una de las zapatillas de andar por casa en la escalera de subida. Poco a poco la zapatilla se iba acercando al techo hasta que, sin previo aviso, se desvanecía en el resplandor. Estuve esperando por lo menos un cuarto de hora hasta que, por fin, aparecieron en la escalera de bajada un sucesión de letras blancas, independientes unas de las otras, hechas de un material parecido al plástico y de un palmo de altura que, en apariencia parecían aleatorias. Cuando estas llegaban al suelo, caían de tal manera que se podían leer las palabras zapatilla de andar por casa. Para estar aún más seguro de la transformación que sucedía, puse en la escalera de subida un vaso con agua que, después de subir y esperar otros quince minutos descendieron las letras que conformaban las palabras vaso con agua.
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