Soñé que la realidad estaba enfocada menos yo. Abrí los ojos y podía ver perfectamente enfocada la hora del reloj de la mesilla, el calendario de la pared y la ventana pero que, sin embargo, no podía ver con nitidez mis manos, ni mis piernas ni, en definitiva, mi cuerpo. Me levanté y corrí a ponerme en frente de un espejo. Todo lo que estaba detrás de mí se veía claro y yo, por el contrario, estaba desenfocado.
Aunque traté de disimular lo mejor que pude el efecto de mi cuerpo borroso cubriéndolo con todo tipo de ropa, era inevitable que mi cara y mis manos quedaran al descubierto.
Al mirarme de nuevo en el espejo concluí que la nitidez está sobrevalorada y me desnudé. Mi cuerpo desdibujado no estaba del todo mal, dándome un efecto enigmático que me quedaba fantástico. La tiranía de la alta definición rechaza lo imperfecto, lo borroso, y yo no estaba dispuesto a someterme a esa dictadura de perfección.
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