Ella

El estuche desinflado de la guitarra que estaba a sus pies apenas tenía cuatro o cinco monedas. Su voz resonaba en ese pasadizo que unía un andén con otro de una misma línea pero en sentidos contrarios. Él rasgaba la guitarra suavemente, sin movimientos bruscos. Pulsaba las cuerdas sobre el mástil con la misma intención. Su voz sonaba rota, sin grandes capacidades pero con una melancolía y un sentimiento propio.

Aunque aquel pasadizo no era demasiado frecuentado, esas paredes tenían un algo especial, no sabía muy bien en el qué, pero que eran un elemento más de su música, y que ayudaban a mejorar la melodía.  La guitarra tenía la madera descascarillada y había perdido todo el brillo. Una pegatina intentaba disimular un desconchón en la parte de atrás del cuerpo de la guitarra.

De su repertorio -que no era muy amplio- cantaba con especial pasión una canción que escuchaba una y otra vez de pequeño en un viejo tocadiscos de su padre. El chisporroteo del aparato contribuía -igual que las paredes del pasadizo- a redondear la canción, era el elemento que le daba el toque, como decía siempre. Esa canción solo se permitía cantarla una vez al día, paladeando cada sílaba de esa letra compleja, triste pero con un sabor de optimismo. Casi siempre, cerraba los ojos y no los abría hasta que terminaba el último acorde y el sonido se extinguía en el eco del pasadizo.

Ella apareció un día. Oía esa canción desde que introdujo el billete en el torno y, como hipnotizada, siguió la melodía hasta que se encontró a aquel chico sentado en esa silla de tijera, con una guitarra destartalada, perilla y un discreto sombrero negro. No tenía la pinta de bohemio andrajoso, era otro estilo, más tímido, mucho más sincero que cualquier otro. Se apoyó en la pared hasta que él terminó la canción, despegó los ojos y la vio. Ella le devolvió una breve sonrisa y fingió que tenía prisa. Rebuscó en el monedero y le dejó un par de monedas sobre el estuche. Desde aquel día, él tocaba esa canción en el momento justo en el que ella introducía su billete en el torno. Sin saber exactamente cómo, ambos se compenetraban de tal manera que sincronizaban el torno con el primer acorde y se repetía la misma escena día tras día. Él abría los ojos y allí estaba ella. Era la manera que tenían uno con el otro de jugar. Él cantaba, ella escuchaba. La canción era el nexo entre ellos.

Respiró. Sabía sin saberlo que ese era el momento de tocar el primer acorde de esa canción, el momento en el que ella introducía el billete en el torno. Cerró los ojos y tuvo la impresión que había hecho la mejor interpretación posible de esos compases melancólicos. Abrió los ojos y contempló que ella no era solo ella, que estaba con él, con otro hombre cogida de la mano y que esta vez no se había detenido, solo le seguía con la mirada. Se sentía traicionado. Era su canción. De él y de ella y de nadie más. Compartir la canción con otro hombre era una infidelidad, un sufrimiento para el que no estaba preparado.

Decepcionado, recogió sus cosas y huyó de allí. Decidió no volver a tocar esa canción. Era su venganza. Cada vez que aparecía ella todas las mañanas, siempre sola, tocaba una canción distinta. Ella ya no se detenía, pasaba de largo, ni siquiera se miraban.

Un par de meses después de aquello apareció ella llorando. Se miraron. Ella le suplicó con un movimiento de ojos que tocase esa canción, su canción. Lo hizo. Cuando terminó ella le dijo que si se tomaban una cerveza.

Desde aquel día, ella ya no se para a escuchar la canción el pasadizo. Él tampoco cierra los ojos mientras canta. Viven juntos. Y ahora, cada mañana, antes de salir para sus respectivos trabajos, repiten la escena que durante tanto tiempo fue el pilar de sus vidas en el pasillo de su casa. Ella finge que pasa por allí y que son unos extraños. Él canta.  A veces le echa una monedas sobre el parqué. Ya no es el pasadizo ni el chisporroteo del tocadiscos los que dan el toque a la canción. Es ella.

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