-¿Va a querer encerado?- me dijo mientras le ponía el billete en la mano.
-No, gracias. Lavado completo pero sin encerado.
Subí la ventanilla. Aquel tipo cogió una pistola de agua a presión y la dirigió hacia mi coche. Podía sentir la fuerza que llevaba el agua. Pasó el chorro por el parabrisas y se detuvo en una cagada de pájaro reseca. A través del cristal le oía despotricar, me cago en los putos pájaros. Cuando consiguió eliminar la mancha, siguió por la ventanilla del copiloto hasta que dio la vuelta al coche. Me hizo una seña para que quitase el freno de mano y pusiese las ruedas en el mecanismo que introducía mi coche en el túnel de lavado. Movía las manos en la dirección a la que debía dirigirme, leía en sus labios, un poquito más, un poquito más, hasta que con otro gesto me indicó que ya estaba bien. Le dio un golpe a un botón rojo que estaba en la pared y la máquina empezó a tirar de mi coche. Me dio un golpecito en la ventanilla y me señaló un cartel en el que ponía que no usase el freno de mano mientras estuviese dentro del túnel. Poco a poco, mi coche fue pasando la cortina de tiras de plástico. Por el retrovisor vi al hombre que sacaba un cigarro del paquete del bolsillo de su camisa y lo encendía. Fumaba mientras levantaba la cabeza y miraba hacia el cielo. Sigue leyendo «Un coche reluciente.»