Baba de caracol

Se acercó lo más que pudo. Los ojos le bizqueaban de lo cerca que estaba y le dolían. Pero no importaba, quería verlo más y más cerca, casi podía tocarlo con la nariz. El caracol se arrastraba dejando tras de sí la baba amarillenta en la cerámica del suelo. Podía seguirse con un golpe de vista allí por donde el animal había pasado. Era asombroso que un animal de esas dimensiones y a la velocidad a la que se mueve hubiese recorrido todo ese trecho. El cuerpo se contraía para moverse mientras la concha se bamboleaba a los lados. Era fascinante la tranquilidad con la que el animal se movía. Allá a tu alrededor a donde mirases solo veías insectos moviéndose frenéticamente por el aire. Y, en medio de todo ese frenesí, aquel caracol se movía pasmosamente.

El niño intentó tocarlo con sus deditos curiosos. No sabía cómo hacerlo ni dónde hacerlo. Le daba un poco de miedo hacerlo, no sabría cómo reaccionaría aquel bicho, aunque por la forma en la que se movía no podía ser muy peligroso. Aunque esto también pensaba hasta el verano pasado de las avispas. Había oído a mamá decirle que tuviera cuidado con ellas, que podían hacerte daño, pero él las veía moverse de aquella manera y flotar montones de ellas muertas en la piscina de la casa de su tío que pensaba que eran inofensivas. No pensaba ni por asomo que pudiesen hacerle daño alguno. Pero el verano pasado se le posó una en la rodilla y él, curioso, intentó hacerla volar de un manotazo. Entonces fue cuando le picó. Y cómo dolía. Fue corriendo a los brazos de su madre llorando. Era un dolor insufrible. El peor que recordaba. Sigue leyendo «Baba de caracol»

Sonidos

Apagué la lámpara. La luz de la farola de la calle proyectaba los agujeros de la persiana en el techo de mi habitación. El ventilador del techo giraba y mandaba hacia la cama un aire caliente. Hacía un calor asfixiante. Decidí dormir en calzoncillos.

Cerré los ojos aunque sabía perfectamente que me iba a costar un trabajo de mil demonios conseguir dormirme con aquel calor tan agobiante. Iba a sudar toda la noche como un cerdo. En el silencio de la noche se oía el tictac del reloj de la cocina, un reloj barato lleno de grasa que, irremediablemente, acababa por llevar un retraso exacto de dos minutos. Lo habría reemplazado por otro, pero al fin y al cabo podía vivir sabiendo que a la hora que marcaba debía restarle dos minutos. No era ninguna tragedia. Era incluso divertido. Sigue leyendo «Sonidos»