Apagué la lámpara. La luz de la farola de la calle proyectaba los agujeros de la persiana en el techo de mi habitación. El ventilador del techo giraba y mandaba hacia la cama un aire caliente. Hacía un calor asfixiante. Decidí dormir en calzoncillos.
Cerré los ojos aunque sabía perfectamente que me iba a costar un trabajo de mil demonios conseguir dormirme con aquel calor tan agobiante. Iba a sudar toda la noche como un cerdo. En el silencio de la noche se oía el tictac del reloj de la cocina, un reloj barato lleno de grasa que, irremediablemente, acababa por llevar un retraso exacto de dos minutos. Lo habría reemplazado por otro, pero al fin y al cabo podía vivir sabiendo que a la hora que marcaba debía restarle dos minutos. No era ninguna tragedia. Era incluso divertido. Sigue leyendo «Sonidos»