Apagué la lámpara. La luz de la farola de la calle proyectaba los agujeros de la persiana en el techo de mi habitación. El ventilador del techo giraba y mandaba hacia la cama un aire caliente. Hacía un calor asfixiante. Decidí dormir en calzoncillos.
Cerré los ojos aunque sabía perfectamente que me iba a costar un trabajo de mil demonios conseguir dormirme con aquel calor tan agobiante. Iba a sudar toda la noche como un cerdo. En el silencio de la noche se oía el tictac del reloj de la cocina, un reloj barato lleno de grasa que, irremediablemente, acababa por llevar un retraso exacto de dos minutos. Lo habría reemplazado por otro, pero al fin y al cabo podía vivir sabiendo que a la hora que marcaba debía restarle dos minutos. No era ninguna tragedia. Era incluso divertido.
Supe enseguida que eran las dos de la mañana porque se pusieron en marcha los aspersores del parque de enfrente. Adoraba ese sonido. Tsi, tsi, tsi, tsi, tsiiii. Y vuelta a empezar. Te daban ganas de correr detrás de ellos con la lengua fuera y mojarte como un chiquillo y revolcarte por el césped como un perro.
El estruendo del camión de la basura interrumpió mi revolcón en el césped. El mecanismo se accionó y los brazos elevaron el contenedor. Podía oír cómo chirriaba cada engranaje y reproducir en mi mente cada movimiento del mecanismo robotizado. Con una sacudida se vació el contenido dentro del camión y se pusieron en marcha los chorros de agua que limpiaban el contenedor por dentro. El tictac del reloj de la cocina, el tsi-tsi de los aspersores, el ruido del mecanismo del camión y los chorros de agua. Era maravilloso. Una orquesta nocturna improvisada que, gracias a la disposición de los edificios en la calle – amplificaban el sonido-, eras incapaz de perderte ningún detalle.
El camión volvió a poner el contenedor en su sitio y reemprendió la marcha. El ruido fue disminuyendo hasta que el camión dobló la calle y dejó de oírse.
Aproveché que los aspersores también habían dejado de hacer su trabajo y que todo estaba en silencio para cambiar de posición en la cama.
El ascensor del edificio se puso en marcha. De otras noches de vigilia, tenía calculado perfectamente el tiempo que tardaba la cabina en desplazarse de un piso a otro. Conté hasta trece y se detuvo. Quienquiera que fuese se había bajado en el sexto. Tintineo de llaves y un portazo final.
Abrí los ojos. Eran las tres y media de la mañana. Como ya había previsto no podía dormirme. Los cerré de nuevo. De la calle vino el sonido de unas risas y un ruido de tacones. Ja, tac, ja, tac, ja, ja, ja, tac, tac, tac. Se metieron en el portal que estaba junto al mío.
De nuevo el silencio. Descubrí el sonido de mi propia respiración, muy suave. Y el latido de mi corazón, muy lento. Un tic del reloj grasiento de la cocina equivalían a un bum de mi corazón. Traté de concentrarme aún más en los sonidos que mi cuerpo emitía. Traté de concentrarme en mí mismo, traté de concentrarme, de concentrarme, concentrarme…