¡Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo!

El periódico La Razón llegaba ayer a los kioscos con esta portada:

Portada incendiaria del miércoles 9 de mayo

Acto seguido Twitter en particular y las redes sociales en general pusieron el grito en el cielo ante tal despropósito; y con razón. ¿Cómo un periódico de tirada nacional y con suficiente repercusión social como para presuponer la solvencia de sus periodistas pueden sacar en portada algo tan incendiario y amarillista? Cada periódico tiene su propia linea editorial, algunos con una ideología más marcada que otros, está en la esencia misma del periodismo y los lectores buscan esa subjetividad de cada periódico. Pero la ideología no puede ser una justificación para el insulto –la insidia que diría nuestro presidente– y el traspaso de la frontera del respeto hacia el resto. Se puede atacar las ideas de los demás con argumentos, pero nunca con la descalificación barata como la portada de la que hablo.

El mensaje que quería enviar La Razón –véase, el de que los líderes estudiantiles son unos zopencos y que, por tanto, no tienen autoridad para convocar movilizaciones–  ha errado en su forma primero, con una portada panfletera y rancia, pero también en su contenido, cayendo en argumentaciones erróneas que son fácilmente desmontables. ¿Es relevante que las personas que estén al frente de las organizaciones estudiantiles sean o no unos lumbreras para que esto impida al resto de los estudiantes –y por extensión al resto de la sociedad– denunciar, protestar –indignarse– contra unas medidas tomadas por este gobierno que son manifiestamente injustas? No, no lo es. Para que un argumento sea válido da igual que aquellos que lo formulen –en este caso, los estudiantes que aparecen en el fotomatón de la portada– sean o no éticamente reprochables, lo que importa es que el argumento sea válido, no hacer un ataque –gratuito–  a esas personas que intente diluir la sustancia del argumento. Con las formas empleadas La Razón, ella solita, consigue descalificarse sin ayuda externa. Una crítica unánime que se le hace a la movilización ciudadana es el empleo de la violencia que hace que sus razones se esfumen por los medios empleados. Estoy de acuerdo en que cualquier reivindicación debe hacerse sin violencia, de forma pacífica, porque la palabra es el único medio válido para conseguir las pretensiones. Pero, ¿no es violencia lo que hace La Razón en su portada? ¿El ataque personal, con nombres y apellidos, con la pregonación de las miserias de esos líderes estudiantiles no es una forma de violencia? Sí, lo es. Sigue leyendo «¡Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo!»

Tenemos la piel muy fina

Captura de los guiñoles de Canal + FranciaLa opinión pública es propensa al sarpullido. El menor roce puede desencadenar una erupción cutánea que, sin saber muy bien cómo, acaba convirtiéndose en algo trascendental lo que, en realidad, es trivial.

Sirva como ejemplo el revuelo ocasionado por Los Guiñoles franceses. Más allá de la opinión que se pueda tener acerca de la sanción que el ciclista Contador recibió por parte del TAS, es increíble que un país entero se ponga en pie porque unos muñecos de látex hayan parodiado la sanción. Me sonrojo al ver que un ministro pide explicaciones por algo tan nimio como un chiste. Quizá deberíamos revisarnos la tolerancia de nuestro cuerpo hacia estos agentes externos que creemos que nos están atacando. Puede que el sarpullido salga espontáneamente pero hacemos mal en rascarnos con fiereza la piel hasta que el sarpullido aumenta, se extiende y nos cubre de forma que el control de nuestra ira se vuelve imposible. Sigue leyendo «Tenemos la piel muy fina»

El bombo

El señor de la foto sostiene entre los dedos de su mano derecha una bola con un número. No se trata, al contrario de lo que podría parecer de un primer vistazo, de un bingo, por lo que nadie de los que están sentados allí desde donde el fotógrafo hizo la foto se levantará de repente y gritará línea ni nada semejante. La vestimenta de este señor corrobora que, efectivamente, esa bola tiene una trascendencia que no es fácil vislumbrar de un golpe de vista, tan solo cuando uno se esmera en intentar comprender la fotografía, se da cuenta de que esos puños blancos subrayan junto con la expresión seria un procedimiento importante y al que se trata con una cierta solemnidad. El micrófono quizá sirva para aumentar aún más la sensación y dotar al conjunto de la gravedad necesaria. Pero sí, ese bingo de juguete que está situado a la izquierda del que parece un juez hace que la trascendencia del conjunto se esfume enseguida sin que la toga, los puños blancos, la corbata o hasta incluso la barba del señor que aparece en la fotografía consigan hacerle frente. Sigue leyendo «El bombo»

Ensalzamiento de una lata de tomate.

Bien, me digo, dentro debe de estar la inmortalidad. Esas paredes de hojalata contienen mucho más que salsa de tomate, algo inmaterial e intangible a lo que es imposible acceder para el ser humano, pero de lo que sabemos que ha de ser importante, muy importante. Por el hermetismo con el que guarda celosamente su contenido, podría suponerse que esconde un universo en miniatura, paralelo al nuestro, pero totalmente diferente donde han de regirse unas leyes físicas distintas que no tendrían lógica fuera de la lata de tomate. Sirva como ejemplo que el tiempo dentro de la lata pasa mucho más rápido que aquí fuera. Fíjense si no en la fecha de caducidad, tan próxima en el tiempo. Así que la vida de dentro es mucho más fugaz que la de aquí. Sigue leyendo «Ensalzamiento de una lata de tomate.»

Baba de caracol

Se acercó lo más que pudo. Los ojos le bizqueaban de lo cerca que estaba y le dolían. Pero no importaba, quería verlo más y más cerca, casi podía tocarlo con la nariz. El caracol se arrastraba dejando tras de sí la baba amarillenta en la cerámica del suelo. Podía seguirse con un golpe de vista allí por donde el animal había pasado. Era asombroso que un animal de esas dimensiones y a la velocidad a la que se mueve hubiese recorrido todo ese trecho. El cuerpo se contraía para moverse mientras la concha se bamboleaba a los lados. Era fascinante la tranquilidad con la que el animal se movía. Allá a tu alrededor a donde mirases solo veías insectos moviéndose frenéticamente por el aire. Y, en medio de todo ese frenesí, aquel caracol se movía pasmosamente.

El niño intentó tocarlo con sus deditos curiosos. No sabía cómo hacerlo ni dónde hacerlo. Le daba un poco de miedo hacerlo, no sabría cómo reaccionaría aquel bicho, aunque por la forma en la que se movía no podía ser muy peligroso. Aunque esto también pensaba hasta el verano pasado de las avispas. Había oído a mamá decirle que tuviera cuidado con ellas, que podían hacerte daño, pero él las veía moverse de aquella manera y flotar montones de ellas muertas en la piscina de la casa de su tío que pensaba que eran inofensivas. No pensaba ni por asomo que pudiesen hacerle daño alguno. Pero el verano pasado se le posó una en la rodilla y él, curioso, intentó hacerla volar de un manotazo. Entonces fue cuando le picó. Y cómo dolía. Fue corriendo a los brazos de su madre llorando. Era un dolor insufrible. El peor que recordaba. Sigue leyendo «Baba de caracol»

Sonidos

Apagué la lámpara. La luz de la farola de la calle proyectaba los agujeros de la persiana en el techo de mi habitación. El ventilador del techo giraba y mandaba hacia la cama un aire caliente. Hacía un calor asfixiante. Decidí dormir en calzoncillos.

Cerré los ojos aunque sabía perfectamente que me iba a costar un trabajo de mil demonios conseguir dormirme con aquel calor tan agobiante. Iba a sudar toda la noche como un cerdo. En el silencio de la noche se oía el tictac del reloj de la cocina, un reloj barato lleno de grasa que, irremediablemente, acababa por llevar un retraso exacto de dos minutos. Lo habría reemplazado por otro, pero al fin y al cabo podía vivir sabiendo que a la hora que marcaba debía restarle dos minutos. No era ninguna tragedia. Era incluso divertido. Sigue leyendo «Sonidos»

Un coche reluciente.

-¿Va a querer encerado?- me dijo mientras le ponía el billete en la mano.

-No, gracias. Lavado completo pero sin encerado.

Subí la ventanilla. Aquel tipo cogió una pistola de agua a presión y la dirigió hacia mi coche. Podía sentir la fuerza que llevaba el agua. Pasó el chorro por el parabrisas y se detuvo en una cagada de pájaro reseca. A través del cristal le oía despotricar, me cago en los putos pájaros. Cuando consiguió eliminar la mancha, siguió por la ventanilla del copiloto hasta que dio la vuelta al coche. Me hizo una seña para que quitase el freno de mano y pusiese las ruedas en el mecanismo que introducía mi coche en el túnel de lavado. Movía las manos en la dirección a la que debía dirigirme, leía en sus labios, un poquito más, un poquito más, hasta que con otro gesto me indicó que ya estaba bien. Le dio un golpe a un botón rojo que estaba en la pared y la máquina empezó a tirar de mi coche. Me dio un golpecito en la ventanilla y me señaló un cartel en el que ponía que no usase el freno de mano mientras estuviese dentro del túnel. Poco a poco, mi coche fue pasando la cortina de tiras de plástico. Por el retrovisor vi al hombre que sacaba un cigarro del paquete del bolsillo de su camisa y lo encendía. Fumaba mientras levantaba la cabeza y miraba hacia el cielo. Sigue leyendo «Un coche reluciente.»

Jodido perro

El habitáculo del ascensor tiene el espacio justo para dos o quizá tres personas. No más. Aunque el espejo intente hacer que el espacio parezca mayor, es en vano. Uno entra en un ascensor y se empequeñece hasta empatizar con una sardina en lata. Aquí han fumado, piensa ella mientras aprieta el botón del cuarto. Las puertas se cierran de golpe. Las máquinas hacen ruido para elevar la cabina. En la pantalla del panel de botones, los números desfilan: 1, 2, 3.

La luz se apaga. El ruido de máquinas cesa repentinamente y el ascensor se para en seco. Ella y el carro de la compra, con el pan, las lechugas, las manzanas, los pepinos y las pescadillas se quedan atrapados entre el tercer y el cuarto piso. No puede ser, piensa, tenía que ser justo ahora. Nunca es un buen momento para quedarse atascada en un ascensor, pero para ella ahora es un mal momento porque el pobre perro estará desesperado ya que es su hora de salir a la calle. Aporrea las puertas y grita, ¿Hay alguien ahí? ¿Oigan? Me he quedado atrapada en el ascensor. Nadie contesta. Sigue leyendo «Jodido perro»

Mosca

La mosca se apoyó en el filo del vaso y empezó a asearse sus patitas diminutas. Los dos ojos, divididos en miles de de celdillas, me miraban. Sus alas transparentes se agitaban. Parecía estar tramando algo. El modo con el que se paseaba por el borde del vaso hacía sospechar de una intención malvada. Su cuerpo, de un color apagado, se movía de un lado para otro en una danza hiperactiva. Aquella mosca fea, repugnante, debía de haber salido de un huevo tan feo y tan repugnante cómo ella. Desconocía el tiempo exacto de vida que se le espera a una mosca, pero suponía que sería corto, muy corto, aunque suficiente para ese ser diminuto. Con objeto de espantarla, acerqué mi mano al vaso. Se decidió a emprender el vuelo y rebotó en mi piel. Se zambulló en el líquido del vaso. Al momento, su cadáver flotaba.
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Ella

El estuche desinflado de la guitarra que estaba a sus pies apenas tenía cuatro o cinco monedas. Su voz resonaba en ese pasadizo que unía un andén con otro de una misma línea pero en sentidos contrarios. Él rasgaba la guitarra suavemente, sin movimientos bruscos. Pulsaba las cuerdas sobre el mástil con la misma intención. Su voz sonaba rota, sin grandes capacidades pero con una melancolía y un sentimiento propio.

Aunque aquel pasadizo no era demasiado frecuentado, esas paredes tenían un algo especial, no sabía muy bien en el qué, pero que eran un elemento más de su música, y que ayudaban a mejorar la melodía.  La guitarra tenía la madera descascarillada y había perdido todo el brillo. Una pegatina intentaba disimular un desconchón en la parte de atrás del cuerpo de la guitarra. Sigue leyendo «Ella»