Un coche reluciente.

-¿Va a querer encerado?- me dijo mientras le ponía el billete en la mano.

-No, gracias. Lavado completo pero sin encerado.

Subí la ventanilla. Aquel tipo cogió una pistola de agua a presión y la dirigió hacia mi coche. Podía sentir la fuerza que llevaba el agua. Pasó el chorro por el parabrisas y se detuvo en una cagada de pájaro reseca. A través del cristal le oía despotricar, me cago en los putos pájaros. Cuando consiguió eliminar la mancha, siguió por la ventanilla del copiloto hasta que dio la vuelta al coche. Me hizo una seña para que quitase el freno de mano y pusiese las ruedas en el mecanismo que introducía mi coche en el túnel de lavado. Movía las manos en la dirección a la que debía dirigirme, leía en sus labios, un poquito más, un poquito más, hasta que con otro gesto me indicó que ya estaba bien. Le dio un golpe a un botón rojo que estaba en la pared y la máquina empezó a tirar de mi coche. Me dio un golpecito en la ventanilla y me señaló un cartel en el que ponía que no usase el freno de mano mientras estuviese dentro del túnel. Poco a poco, mi coche fue pasando la cortina de tiras de plástico. Por el retrovisor vi al hombre que sacaba un cigarro del paquete del bolsillo de su camisa y lo encendía. Fumaba mientras levantaba la cabeza y miraba hacia el cielo. Sigue leyendo «Un coche reluciente.»

Jodido perro

El habitáculo del ascensor tiene el espacio justo para dos o quizá tres personas. No más. Aunque el espejo intente hacer que el espacio parezca mayor, es en vano. Uno entra en un ascensor y se empequeñece hasta empatizar con una sardina en lata. Aquí han fumado, piensa ella mientras aprieta el botón del cuarto. Las puertas se cierran de golpe. Las máquinas hacen ruido para elevar la cabina. En la pantalla del panel de botones, los números desfilan: 1, 2, 3.

La luz se apaga. El ruido de máquinas cesa repentinamente y el ascensor se para en seco. Ella y el carro de la compra, con el pan, las lechugas, las manzanas, los pepinos y las pescadillas se quedan atrapados entre el tercer y el cuarto piso. No puede ser, piensa, tenía que ser justo ahora. Nunca es un buen momento para quedarse atascada en un ascensor, pero para ella ahora es un mal momento porque el pobre perro estará desesperado ya que es su hora de salir a la calle. Aporrea las puertas y grita, ¿Hay alguien ahí? ¿Oigan? Me he quedado atrapada en el ascensor. Nadie contesta. Sigue leyendo «Jodido perro»

Mosca

La mosca se apoyó en el filo del vaso y empezó a asearse sus patitas diminutas. Los dos ojos, divididos en miles de de celdillas, me miraban. Sus alas transparentes se agitaban. Parecía estar tramando algo. El modo con el que se paseaba por el borde del vaso hacía sospechar de una intención malvada. Su cuerpo, de un color apagado, se movía de un lado para otro en una danza hiperactiva. Aquella mosca fea, repugnante, debía de haber salido de un huevo tan feo y tan repugnante cómo ella. Desconocía el tiempo exacto de vida que se le espera a una mosca, pero suponía que sería corto, muy corto, aunque suficiente para ese ser diminuto. Con objeto de espantarla, acerqué mi mano al vaso. Se decidió a emprender el vuelo y rebotó en mi piel. Se zambulló en el líquido del vaso. Al momento, su cadáver flotaba.
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Ella

El estuche desinflado de la guitarra que estaba a sus pies apenas tenía cuatro o cinco monedas. Su voz resonaba en ese pasadizo que unía un andén con otro de una misma línea pero en sentidos contrarios. Él rasgaba la guitarra suavemente, sin movimientos bruscos. Pulsaba las cuerdas sobre el mástil con la misma intención. Su voz sonaba rota, sin grandes capacidades pero con una melancolía y un sentimiento propio.

Aunque aquel pasadizo no era demasiado frecuentado, esas paredes tenían un algo especial, no sabía muy bien en el qué, pero que eran un elemento más de su música, y que ayudaban a mejorar la melodía.  La guitarra tenía la madera descascarillada y había perdido todo el brillo. Una pegatina intentaba disimular un desconchón en la parte de atrás del cuerpo de la guitarra. Sigue leyendo «Ella»

Sueños (I)

52 fotos, 52 semanas (16)

Soñé que la realidad estaba enfocada menos yo. Abrí los ojos y podía ver perfectamente enfocada la hora del reloj de la mesilla, el calendario de la pared y la ventana pero que, sin embargo,  no podía ver con nitidez mis manos, ni mis piernas ni, en definitiva, mi cuerpo. Me levanté y corrí a ponerme en frente de un espejo. Todo lo que estaba detrás de mí se veía claro y yo, por el contrario, estaba desenfocado.

Aunque traté de disimular lo mejor que pude el efecto de mi cuerpo borroso cubriéndolo con todo tipo de ropa, era inevitable que mi cara y mis manos quedaran al descubierto.

Al mirarme de nuevo en el espejo concluí que la nitidez está sobrevalorada y me desnudé. Mi cuerpo desdibujado no estaba del todo mal, dándome un efecto enigmático que me quedaba fantástico. La tiranía de la alta definición rechaza lo imperfecto, lo borroso,  y yo no estaba dispuesto a someterme a esa dictadura de perfección.
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Yo

Pablo, sentado frente al ordenador, teclea con resuelta habilidad. En la mesa se amontonan libros, un par de bolígrafos, el móvil, la lámpara, el ratón, el teclado y el ordenador, que conforman un microcosmos caótico, no demasiado propicio para un pensamiento ordenado. A su derecha, una ventana comunica la habitación con el exterior. A través de ella se puede ver un paisaje típicamente urbano, de ciudad destartalada, con edificios construidos sin ninguna pretensión estética, viviendas feas. Es un octavo. La disposición de los edificios alberga una plaza justo bajo la ventana que hace que lleguen las voces de niños jugando o de mujeres que hablan, impidiendo oír el ruido de los coches. En la cadena de música se escuchan «the Beatles».
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Escaleras mecánicas

En mi habitación, para intentar ganar espacio, hace ahora un año que cambié la habitual cama por una litera. Aparte de lo obvio del aumento de espacio, la experiencia de dormir en las alturas es agradable, teniendo la sensación de estar durmiendo en una especie de nido – o en una cuna en caso de tener el Síndrome de Peter Pan.

Hoy, al volver de la facultad, donde antes estaba la citada litera había un par de escaleras mecánicas, una de subida y otra de bajada. Acostumbrado, tras años de existencia, a que las cosas sigan en el mismo sitio donde uno las dejó, esta aparición me produjo una perplejidad infinita y una inquietud a corto plazo por no saber dónde poder dormir esta misma noche. Cualquiera que haya intentado dormir en unas escaleras mecánicas en funcionamiento sabrá que no es nada fácil encontrar una postura propicia para el sueño, siendo más fácil quedarse dormido, por ejemplo, de pie en un armario. Las escaleras debían de comunicarse con alguna realidad paralela porque se hundían en el techo y se desvanecían en una especie de resplandor. Por cerciorarme de que estaba en lo cierto, puse una de las zapatillas de andar por casa en la escalera de subida. Poco a poco la zapatilla se iba acercando al techo hasta que, sin previo aviso, se desvanecía en el resplandor. Estuve esperando por lo menos un cuarto de hora hasta que, por fin, aparecieron en la escalera de bajada un sucesión de letras blancas, independientes unas de las otras, hechas de un material parecido al plástico y de un palmo de altura que, en apariencia parecían aleatorias. Cuando estas llegaban al suelo, caían de tal manera que se podían leer las palabras zapatilla de andar por casa. Para estar aún más seguro de la transformación que sucedía, puse en la escalera de subida un vaso con agua que, después de subir y esperar otros quince minutos descendieron las letras que conformaban las palabras vaso con agua.
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Visita al centro de la casa (II) [Monstruo de debajo de la cama]

En el imaginario colectivo está grabado que debajo de cualquier cama se esconde siempre un monstruo. Esta idea, introducida en la infancia, se desarrolla al intentar afrontar con mayor o menor éxito el miedo a la oscuridad. Pero, queramos o no, debajo de nuestra cama se esconde un monstruo. La táctica habitual es intentar ignorarlo, hacer como si no existiera, aunque sabemos perfectamente que él nos observa. Esto se hace con la intención de hacer creer al monstruo que no tiene nada que hacer ante nuestra robustez y que no podrá derribar nuestra entereza. Es falso. Si él quisiese podría paralizarnos con suma facilidad, con un simple gesto sería capaz de aterrorizar al más valiente niño.
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52 fotos, 52 semanas (14)

52 fotos, 52 semanas (14)

En la esquina superior derecha, el sol, medio tapado por un nube esponjosa, tenía el color rojizo característico de las últimas horas de la tarde. Irradiaba una luz cálida que daba a la realidad un matiz dorado muy afortunado para la composición. Siguiendo la nube que cubría parcialmente el sol, se llegaba a una bandada de pájaros lejanos que estaban buscando, sin duda, algún sitio en el que posarse para pasar la noche. Un poco más abajo, una espesa arboleda filtraba los últimos rayos de sol que proyectaban una curiosa sombra, nada uniforme, pero muy sensual. En el medio de la foto, dos chiquillos sonreían. Él llevaba un corte de pelo a tazón, con un flequillo que casi le cubría los ojos. La boca se estiraba con un sonrisa que dejaba ver los dientes que estaban dispuestos de una forma destartalada, montados unos sobre otros, pero sin espacio entre ellos. Debajo de la minúscula nariz se intuía una suave pelusa, un proyecto de bigote que con los años se haría más espeso pero que ahora constituía un tímido bozo que añadía un carácter aniñado a su expresión. La camisa, con los dos últimos botones desabrochados, era a la moda de la época, con un estampado marrón y con unos puños que habían sido remangados. El pantalón destacaba por ser excesivamente ajustado y una o dos tallas menos de la adecuada que dejaban entrever los calcetines. En los pies, unos zapatos poco lustrosos cerraban la vestimenta.
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Sexo de tendedero.

La polea de la cuerda de tender que une la ventana de la cocina de mi vecina con la mía, chirría cada vez que ella tiende algo. Con un movimiento ensayado hace que la polea chirríe hasta que ve mi sombra tras la ventana, y entonces comienza a colgar su ropa interior. En ese momento, hacemos el amor. No es un polvo al uso; no hay contacto, ni caricias, pero sí hay amor y delicadeza. Aunque los dos llevemos la ropa puesta y nos separen unos metros, hacemos el acto sexual de una manera tan intensa y entregándonos uno al otro de tal manera que cuando terminamos cada uno siente un vacío inconmensurable. Sigue leyendo «Sexo de tendedero.»