Diario de viaje (IV): el regreso.


El regreso siempre es duro; pero no hay más remedio. Es inevitable tener que volver a casa, de mejor o peor ánimo, para evitar echar raíces allá donde te encuentras. Para ello, es necesario echar de menos de alguna forma tu casa: la altura perfecta de tu almohada; tu sofá o tu televisión; la comodidad de tu baño; tu ciudad. Si no es así, se corre el riesgo de no querer volver, de querer quedarse en el lugar de vacaciones, de querer sustituir tus raíces por otras. Afortunadamente, la mayoría de las veces esto no sucede y vuelves a casa sin rechistar, quizá algo taciturno, resignado, más aún si has disfrutado del viaje. Sigue leyendo «Diario de viaje (IV): el regreso.»

Diario de viaje (I): el aeropuerto y el avión.

Puede ser que uno aborrezca todo aquello que está acostumbrado a hacer por la simple razón del inevitable aburrimiento que conlleva la monotonía. Pero hasta que llega esa monotonía, es imposible disfrutar, al menos un poco, de todo lo que uno debe hacer. Es un buen ejemplo no el hecho de viajar, que a quien más o a quien menos siempre gusta, sino la forma en la que uno tiene que desplazarse. El transporte más odiado es, sin ninguna duda, el avión. Pero para mí, usuario muy ocasional de él, es una experiencia, no sé si agradable del todo, pero sí muy estimulante. No solo el vuelo lo es, sino que también lo es el aeropuerto.

Por empezar de manera lógicamente cronológica hablaré del control policial. Al esperar la cola para pasar por el arco de seguridad uno empieza a tener la sensación de tener que demostrar que no esconde nada y empieza a actuar de manera ostensiblemente normal, quizá excesiva, para hacer ver a todo el mundo que es una persona normal y no un terrorista con una bomba en los zapatos. Tu cuerpo parece estar diciendo a todo el mundo, vean lo normal que soy, no tengo nada que ocultar. Pero es inevitable que, en el momento de pasar por el arco de seguridad tu pulso se acelere y lo traspases como lo haría un condenado a muerte, resignado por el destino que alguien ha decidido para ti. Puedo asegurar que atravesar el arco y no oír tras de ti ese pitido acusador que te obliga a permitir que uno de aquellos guardias con guantes de látex te registre es, cuanto menos, liberador.

A partir de aquí comienza ese universo paralelo a la realidad cotidiana que es un aeropuerto. Aunque podría decirse que el aeropuerto que hay tras el control policial se parece más bien al interior de un cuerpo humano, con un esqueleto de acero, en el que tú y todos los que te rodean vagan por él a la espera de ser deglutidos y digeridos. Póngase como ejemplo la búsqueda en los paneles luminosos de la puerta de embarque de tu vuelo en los que en realidad donde pone el nombre de las ciudades de destino, debería poner el nombre del órgano al que vas destinado; como el estómago, el corazón, el páncreas o el cerebro. Te dejas guiar hasta el órgano que te corresponde, preocupándote de realizar tu tarea de alimentar a ese cuerpo gigantesco al que llaman aeropuerto de la mejor manera posible. Para acreditar que es ese órgano al que debes proveer de la energía necesaria para funcionar de manera correcta, presentas tu DNI en la entrada de la puerta de embarque y te hinchas de orgullo ante el encomiable trabajo que en breve deberás de realizar. Pero es mentira. Tras la pasarela que conecta con el avión no hay ningún órgano animal, ni mucho menos humano. Lo que hay no puede compararse con nada vivo, ni tampoco con nada muerto. Ha de compararse, si es que se puede comparar con algo, con una realidad intermedia, falsa, de cartón piedra. Se preguntarán por qué digo esto. Es fácil y se comprueba de inmediato nada más entrar en el avión, al enfrentarse con la sonrisa fingida e inmutable de la azafata que recibe al pasaje, que va dando de manera mecánica, como lo haría un robot, los buenos días o las buenas tardes, y que al pasar delante de ella y contestar a sus buenos días es imposible evitar preguntarte dónde está escondido el mecanismo que da cuerda a aquel ser que irradia una amabilidad tan irritante. Sin embargo, no hay tiempo de preocuparse por ello. Hay que adentrarse en la fauna de asientos grises dispuestos en dos filas hasta encontrar aquel cuyo número coincide con el que aparece en la tarjeta de embarque. No es hasta que te sientas en aquel asiento gris cuando tomas conciencia de que de manera natural te han crecido escamas, tu respiración que, hasta hace un momento era por vía pulmonar, ha dejado de ser tal para convertirse en una respiración de tipo branquial y los ojos se han convertido en dos pupilas grandes que parecen mirar al infinito. Te das cuenta de que tú, aquel que se sienta en el asiento de al lado, el que se sienta detrás de ti y, en general, todos los que van en ese avión contigo -a excepción de las azafatas que son, como ya se ha dicho, seres inmutables- os habéis convertido en unas sardinas y el avión en la lata que os contiene.  Compruebas, con algo de esfuerzo, que la atmósfera que respiras no dista mucho del líquido que baña unas sardinas enlatadas y al que, las pocas veces que me he enfrentado a una lata de sardinas, tiro con asco por el desagüe del fregadero.

La lata empieza a moverse, primero marcha atrás y luego hacia delante para encontrar la pista de despegue, y los seres irreales a las que llamas azafatas se presentan en medio del pasillo que separa las dos filas de butacas para ejecutar con una magistral coordinación aunque con desgana las instrucciones que deberán seguirse en caso de que el avión se caiga al océano, se estrelle en tierra o, lo que no puede dejar de fascinarme por la expresión empleada y por el completo desconocimiento de lo que significa, en caso de despresurización de la cabina. Ejecutan, como he dicho, la coreografía de manera magistral, pero lo que de verdad me asombra es el hecho de que nadie a mi alrededor siente la necesidad de ponerse aplaudir ante tal espectáculo. No sucede así, nadie aplaude, y tampoco las bailarinas hacen reverencias a modo de saludo y agradecimiento por esos aplausos que no llegan.

La lata de sardinas se pone en la cabecera de la pista de despegue y pone sus motores a máxima potencia para elevarse hacia el cielo y mantenerse en el aire hasta el destino donde alguien, espero que alguien cualificado para la tarea, rompa la apertura de la lata y podamos salir de ella reconvertidos en lo que éramos antes de entrar: humanos.