Diario de viaje (IV): el regreso.


El regreso siempre es duro; pero no hay más remedio. Es inevitable tener que volver a casa, de mejor o peor ánimo, para evitar echar raíces allá donde te encuentras. Para ello, es necesario echar de menos de alguna forma tu casa: la altura perfecta de tu almohada; tu sofá o tu televisión; la comodidad de tu baño; tu ciudad. Si no es así, se corre el riesgo de no querer volver, de querer quedarse en el lugar de vacaciones, de querer sustituir tus raíces por otras. Afortunadamente, la mayoría de las veces esto no sucede y vuelves a casa sin rechistar, quizá algo taciturno, resignado, más aún si has disfrutado del viaje. Sigue leyendo «Diario de viaje (IV): el regreso.»

Diario de viaje (III): el tren y Brujas.

El progreso tarda un tiempo en calar. Nuestras mentes necesitan un periodo de adaptación hacia la evolución de la tecnología. El tren ya no es una sucesión de vagones con una locomotora a la cabeza de la que sale un humo esponjoso de la chimenea y que emite durante el viaje el mismo silbido que hace una tetera para indicarte que el agua está hirviendo. Sin embargo, nuestra mente lo sigue concibiendo de esta manera. Hagan el ejercicio si quieren. Cierren un momento los ojos e imaginen un tren y comprobarán, sin mucho esfuerzo, que la única imagen que se nos viene a la cabeza dista mucho de lo que hoy en día es un tren, a saber: una estructura que se mueve por dos vigas infinitas de acero paralelas y del que emerge del techo un armatoste de hierro que entra en contacto con un entramado de cables que proveen la energía necesaria para que pueda transportarte de una estación a otra, pero sin humo blanco ni chimenea. Sigue leyendo «Diario de viaje (III): el tren y Brujas.»

Diario de viaje (II): Bruselas

Tengo la absoluta certeza de que cada ciudad del mundo, fundamentalmente aquellas que tienen algo especial que mostrar y que son admiradas por ese algo, tienen su propio olor característico y representativo que se ha instaurado en nuestro olfato. París huele a pan caliente, Amsterdam a queso y, aunque no he estado en Nueva York, me da que debe oler a perrito caliente. Bruselas huele, sin duda, a chocolate y a gofre.

Esto es un hecho objetivo que cualquiera que haya estado allí entenderá perfectamente el porqué. Si hace unos años se decía que una ardilla podía atravesar la Península Ibérica de árbol en árbol sin necesidad de tocar el suelo, lo mismo podría decirse de Bruselas en la que uno puede ir a donde quiera saltando de tienda de chocolate en tienda de chocolate sin necesidad de tocar tierra firme. No obstante, en caso de no querer moverse por la ciudad de la manera propuesta, de tienda de chocolate en tienda de chocolate, tengo serias dudas acerca del material con el que están hechos los adoquines de la calle. Puedo sostener que los adoquines, lejos de estar extraídos de una cantera, están hechos de chocolate puro que, aunque no lo pude comprobar porque durante mi estancia allí ya empezaba a hacer frío, parecía que podían empezar a derretirse en cualquier momento. Si uno mira para arriba, no es casual que el color marrón predomine en los ladrillos de las casas: estas también deben de estar hechas de chocolate. Así que imagínense las consecuencias catastróficas que podría desencadenar un día de calor en Bruselas. Figúrense cómo quedaría la ciudad tras una ola de calor en la que las calles se convertirían en ríos de chocolate y los edificios empezarían a disminuir su tamaño vagando a la deriva por el chocolate líquido como lo hace un iceberg en Groenlandia. Pero afortunadamente Bélgica no es un país en el que haga calor, así que esta imagen de ciudad derretida estará, por el momento, solo en nuestra imaginación. Sigue leyendo «Diario de viaje (II): Bruselas»