Sueños (I)

52 fotos, 52 semanas (16)

Soñé que la realidad estaba enfocada menos yo. Abrí los ojos y podía ver perfectamente enfocada la hora del reloj de la mesilla, el calendario de la pared y la ventana pero que, sin embargo,  no podía ver con nitidez mis manos, ni mis piernas ni, en definitiva, mi cuerpo. Me levanté y corrí a ponerme en frente de un espejo. Todo lo que estaba detrás de mí se veía claro y yo, por el contrario, estaba desenfocado.

Aunque traté de disimular lo mejor que pude el efecto de mi cuerpo borroso cubriéndolo con todo tipo de ropa, era inevitable que mi cara y mis manos quedaran al descubierto.

Al mirarme de nuevo en el espejo concluí que la nitidez está sobrevalorada y me desnudé. Mi cuerpo desdibujado no estaba del todo mal, dándome un efecto enigmático que me quedaba fantástico. La tiranía de la alta definición rechaza lo imperfecto, lo borroso,  y yo no estaba dispuesto a someterme a esa dictadura de perfección.
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Yo

Pablo, sentado frente al ordenador, teclea con resuelta habilidad. En la mesa se amontonan libros, un par de bolígrafos, el móvil, la lámpara, el ratón, el teclado y el ordenador, que conforman un microcosmos caótico, no demasiado propicio para un pensamiento ordenado. A su derecha, una ventana comunica la habitación con el exterior. A través de ella se puede ver un paisaje típicamente urbano, de ciudad destartalada, con edificios construidos sin ninguna pretensión estética, viviendas feas. Es un octavo. La disposición de los edificios alberga una plaza justo bajo la ventana que hace que lleguen las voces de niños jugando o de mujeres que hablan, impidiendo oír el ruido de los coches. En la cadena de música se escuchan «the Beatles».
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