Sueños (I)

52 fotos, 52 semanas (16)

Soñé que la realidad estaba enfocada menos yo. Abrí los ojos y podía ver perfectamente enfocada la hora del reloj de la mesilla, el calendario de la pared y la ventana pero que, sin embargo,  no podía ver con nitidez mis manos, ni mis piernas ni, en definitiva, mi cuerpo. Me levanté y corrí a ponerme en frente de un espejo. Todo lo que estaba detrás de mí se veía claro y yo, por el contrario, estaba desenfocado.

Aunque traté de disimular lo mejor que pude el efecto de mi cuerpo borroso cubriéndolo con todo tipo de ropa, era inevitable que mi cara y mis manos quedaran al descubierto.

Al mirarme de nuevo en el espejo concluí que la nitidez está sobrevalorada y me desnudé. Mi cuerpo desdibujado no estaba del todo mal, dándome un efecto enigmático que me quedaba fantástico. La tiranía de la alta definición rechaza lo imperfecto, lo borroso,  y yo no estaba dispuesto a someterme a esa dictadura de perfección.
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52 fotos, 52 semanas (14)

52 fotos, 52 semanas (14)

En la esquina superior derecha, el sol, medio tapado por un nube esponjosa, tenía el color rojizo característico de las últimas horas de la tarde. Irradiaba una luz cálida que daba a la realidad un matiz dorado muy afortunado para la composición. Siguiendo la nube que cubría parcialmente el sol, se llegaba a una bandada de pájaros lejanos que estaban buscando, sin duda, algún sitio en el que posarse para pasar la noche. Un poco más abajo, una espesa arboleda filtraba los últimos rayos de sol que proyectaban una curiosa sombra, nada uniforme, pero muy sensual. En el medio de la foto, dos chiquillos sonreían. Él llevaba un corte de pelo a tazón, con un flequillo que casi le cubría los ojos. La boca se estiraba con un sonrisa que dejaba ver los dientes que estaban dispuestos de una forma destartalada, montados unos sobre otros, pero sin espacio entre ellos. Debajo de la minúscula nariz se intuía una suave pelusa, un proyecto de bigote que con los años se haría más espeso pero que ahora constituía un tímido bozo que añadía un carácter aniñado a su expresión. La camisa, con los dos últimos botones desabrochados, era a la moda de la época, con un estampado marrón y con unos puños que habían sido remangados. El pantalón destacaba por ser excesivamente ajustado y una o dos tallas menos de la adecuada que dejaban entrever los calcetines. En los pies, unos zapatos poco lustrosos cerraban la vestimenta.
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52 fotos, 52 semanas (13)

52 fotos, 52 semanas (13)

El chocolate se disolvió en un instante, por algo se llamaba instantáneo. Tan sólo unos grumos quedaron en la superficie sin deshacerse y que, en cierto modo, representaban lo que venía a ser mi vida. Por un lado casi todo transcurría tal y como se esperaba que transcurriese: sin sobresaltos, con naturalidad y con un cierto optimismo. Pero por otro, siempre había algo que impedía el transcurso normal de mi vida, lo que me hacía llevar una existencia a tirones y, en muchas ocasiones, poco satisfactoria.
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52 fotos, 52 semanas (9)

52 fotos, 52 semanas (9)

Deberían existir cápsulas para todo. Pongamos, por ejemplo, que pudiésemos introducir en una minúscula pastilla un concentrado de optimismo. Como en una pastilla de Starlux. Bastaría con tomar una cada 8 horas para que te proporcionase la cantidad diaria de optimismo recomendada. Sería una solución eficaz contra esos períodos en los que ves la vida como algo complicado y sin sentido y que te dan ganas de salir corriendo o tirarte desde un octavo. Sería fantástico poder ir a una farmacia y pedir una caja de cápsulas rellenas de optimismo. Incluso la gente con problemas para tragar pastillas -soy incapaz de tragarme algo más grande un grano de arroz- podría pedir un sobre con polvos o un jarabe con sabor a fresa.

Eso sí, al igual que todos los medicamentos, el prospecto advertiría de sus efectos secundarios. Los efectos adversos podrían provocar un excesivo optimismo que podría convertirse en decepción al comprobar que las metas, objetivos y aspiraciones creadas no se corresponden con la realidad. Esto podría llevar a un odio a la humanidad entera, haciendo consciente al hombre de sus propias miserias. En casos aislados, podría observarse una desmedida euforia que estaría alejada de la realidad, produciendo delirios de grandeza con las consiguientes ansias de invadir un país. Pero fuera de estas complicaciones, el invento sería maravilloso.

Ponte tú que un día te apetece ver una película romántica y llorar como un adolescente-forracarpetas. Revisas en el armario de las pastillas y escoges un comprimido de sensiblería barata. Y te pasas toda la tarde llorando a moco tendido en el sofá viendo Titanic. O que otro día te da por querer pasar unos días guardando cama con una gripe de aúpa, pues te tomas unos sobres con el virus de la gripe y estás dos días que no tienes cuerpo ni para ir a otro sitio que no sean la cama o el baño.

En fin que las pastillas no deberían existir solo para curar un dolor de cabeza, un resfriado o bajar el colesterol. Creo que es indispensable que alguien invente las pastillas para los estados de ánimo. ¿Algún voluntario?

52 fotos, 52 semanas (5)

52 fotos, 52 semanas (5)

Sí, sí, lo sé: es sábado. Y ya van 5 sábados. La verdad es que ando ilusionado con este proyecto, estoy descubriendo nuevos horizontes en la fotografía.

¿Y esta semana de qué hablamos? Si hace un par de semanas escribí sobre el arte y anteriormente lo hice sobre el dinero, esta nueva foto la he querido dedicar a algo mucho más llano y menos trascendental -por lo menos a simple vista. Pero, ¿han mirado bien la foto?, ¿están viendo los granos de café?, ¿los están oliendo? Me encanta el olor del café. Es destapar un bote con café y hacer el acto reflejo de respirar hondo y cerrar los ojos. Incluso, para preparar esta fotografía, el olor que desprendían los granos me fascinaba.

Así que, a raíz de esta fotografía, he decidido reivindicar los placeres sencillos. Hagamos una pequeña lista con algunos de mis placeres sencillos: el olor del café, explotar burbujas de los embalajes, meter los dedos en un saco de lentejas, el sonido de unos tacones, llenar un vaso hasta que rebose, el sonido de una lata de refresco al abrirse, el olor a libro nuevo… Creo que es hora de salirse del cauce de la vida moderna y perder un poco el tiempo para disfrutar con estos pequeños placeres. Si hay algo de lo que soy testigo es de que la gente suele preocuparse exclusivamente por aquello que sea más importante para su vida dejando de lado todo lo banal. Pues hoy y desde este blog quiero hacer apología de lo insustancial, de todo aquello que no nos lleva a ningún lado y que nos produce un placer a corto plazo, a muy corto plazo. De vez en cuando hay que dejar de preocuparse de la economía, de la salud, de la política, de la cultura y de lo importante para sentirse estúpido al salir a la calle y pisar una acera llena de hojas secas escuchando cómo crujen. A veces, esto es lo importante, darse el placer a uno mismo sin esperar grandes cosas. Todo lo demás, superfluo.
¿Alguien me cuenta sus propios pequeños placeres?

52 fotos, 52 semanas (4)

52 fotos, 52 semanas (4)

Y llegamos a la cuarta semana.

Esta vez he decidido hacerme un autorretrato para presentarme y así podáis ponerle a cara al que hace las fotos. Además, he experimentado lo complicado que es hacerse una foto a sí mismo, teniendo que intuir el enfoque, la posición de uno e imaginando el encuadre. Pero tras unas cuantas  pruebas, he conseguido un resultado que me gusta.

Así que, este soy yo. Y para conocerme mejor, me he hecho una autoentrevista:

Pregunta.- Hola Pablo, cuéntanos algo sobre ti.

Respuesta.-  Soy acuario.

P.- Oh, pero eso no dice nada sobre ti.

R.- No, la verdad es que no. Incluso encuentro repulsivos los horóscopos, pero me has pedido que te cuente algo sobre mí, y lo he hecho.

P.- ¿Estudias o trabajas?

R.- A estas horas de la mañana y con tanta luz intuyo que la pregunta no esconde ninguna intención oculta, así que te contestaré sin ninguna ingeniosa respuesta que me permita conquistarte. Estudio. En concreto estudio el segundo año del Grado en Matemáticas en la Universidad Complutense, y, antes de que me preguntes, sí, me gustan las matemáticas.

P.- ¿Y cómo entraste en el mundo de la fotografía?

R.- Pues la verdad es que entré como un elefante en una cacharrería. Me salté la fase de hacer fotos con una compacta mala y me hice con un réflex mala (una nikon d40), así, de sopetón. Y de eso ya hace tres años. Poco a poco he ido aprendiendo y ahora con este proyecto, creo que estoy aprendiendo mucho más de lo que lo he hecho en este tiempo. Las fotos que solía hacer eran pura casualidad. La realidad se ponía delante y yo apretaba el disparador. Por eso creo que unos de mis defectos ha sido siempre que mis fotos han estado algo carentes de sentimiento, quiero decir, que no decían mucho, les faltaba fuerza, un trasfondo. Y con este proyecto me estoy esforzando para intentar cambiarlo e imprimir a mis fotos un mensaje. La otra cosa que me falta es un sello personal en las fotos, un estilo propio. Pero supongo que esto último te lo da el tiempo.

P.- A parte de la fotografía te dedicas a otras cosas, ¿verdad?

R.- Quitando las obviedades que son necesarias para seguir existiendo (veáse respirar, comer…) también formo parte desde hace cuatro años del Grupo de Teatro Punto y Aparte en Alcalá de Henares, escribo en este blog y sé algo de violín y piano.

P.- ¿Tienes alguna habilidad que siempre hubieses deseado tener pero que no es así?

R.- Saber pintar. Creo que un chimpacé con los ojos vendados y con descargas eléctricas en los brazos sería capaz de dibujar mejor que yo. Me quedé en esa etapa en la que cuando te piden que dibujes una casa pintas el típico paisaje con una casa con un tejado a dos aguas, chimenea con humo y una ventanita redonda.

P.- Sin más, gracias por colaborar en esta autoentrevista.

R.- Gracias a ti, que eres la misma persona que yo. Por cierto, si alguien quiere seguirme en twitter, puede hacerlo aquí.

Creo que ahora me conocéis un poco mejor. Bueno, quizás.

52 fotos, 52 semanas (3)

52 fotos, 52 semanas (3)

Fin de semana. Fin de semana y nueva foto del proyecto.

Y hoy me pondré algo más trascendental y me permitiré hablar del arte. Parece fantástico que la especie humana haya llegado a tal grado de madurez que se permita hacer algo que no esté ligado a un beneficio material o físico ni a largo ni a corto plazo. Quiero decir con esto que cuando algún ser humano produce o admira algo de lo que llamamos arte, los contempla o realiza por puro placer. Admirar una fotografía, pintar un cuadro, escuchar música, hacer teatro o cientos de otras expresiones artísticas no aportan ningún beneficio a aquel que las realiza. Producen un placer difícil de explicar, un placer de tipo intelectual.

Hay que decir que el arte en la situación actual se presenta en un momento difícil. Con difícil quiero decir que se está yendo hacia una «actitud utilitarista», donde lo que prima es el consumo fácil, un arte que llegue a cuantos más mejor aunque esto suponga un deterioro de su calidad. Con esta forma de proceder creo que lo que lleva es a un embrutecimiento de la sociedad. Hay que reconocer que la masa (a la cual pertenezco) tiende a acomodarse y, si puede consumir algo que no requiera esfuerzo intelectual, mejor que mejor. Por ello, programas de televisión (sí amigos, la televisión es una forma de arte ) que, bien pensados parecen detestables, tienen tantísimo éxito. La masa tiende a consumir aquello que es fácil. Y para ver Sálvame no hay que pensar mucho (la verdad es que casi nada). Es verdad que una comedia tendrá siempre más aceptación que una forma de arte que requiera mayor esfuerzo intelectual, pero hay que intentar salvar estas diferencias. Hay que hacer un esfuerzo. Hay mucho arte por ahí esperando a ser descubierto. Y, por supuesto, no hay una forma de arte mejor que otra. No hay un arte de primera clase y otro de segunda. Arte puede ser muchas formas de expresión: un cuadro, una canción, una novela, una obra de teatro, un graffiti, una fotografía, un programa de televisión… Pero, dentro de las muchas formas, puede haber arte de calidad y arte detestable, aunque claro, eso depende mucho de cada uno.

En fin, alguien dijo por ahí que  el arte es morirte de frío.