En la esquina superior derecha, el sol, medio tapado por un nube esponjosa, tenía el color rojizo característico de las últimas horas de la tarde. Irradiaba una luz cálida que daba a la realidad un matiz dorado muy afortunado para la composición. Siguiendo la nube que cubría parcialmente el sol, se llegaba a una bandada de pájaros lejanos que estaban buscando, sin duda, algún sitio en el que posarse para pasar la noche. Un poco más abajo, una espesa arboleda filtraba los últimos rayos de sol que proyectaban una curiosa sombra, nada uniforme, pero muy sensual. En el medio de la foto, dos chiquillos sonreían. Él llevaba un corte de pelo a tazón, con un flequillo que casi le cubría los ojos. La boca se estiraba con un sonrisa que dejaba ver los dientes que estaban dispuestos de una forma destartalada, montados unos sobre otros, pero sin espacio entre ellos. Debajo de la minúscula nariz se intuía una suave pelusa, un proyecto de bigote que con los años se haría más espeso pero que ahora constituía un tímido bozo que añadía un carácter aniñado a su expresión. La camisa, con los dos últimos botones desabrochados, era a la moda de la época, con un estampado marrón y con unos puños que habían sido remangados. El pantalón destacaba por ser excesivamente ajustado y una o dos tallas menos de la adecuada que dejaban entrever los calcetines. En los pies, unos zapatos poco lustrosos cerraban la vestimenta.
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Etiqueta: fotografía
52 fotos, 52 semanas (9)
Deberían existir cápsulas para todo. Pongamos, por ejemplo, que pudiésemos introducir en una minúscula pastilla un concentrado de optimismo. Como en una pastilla de Starlux. Bastaría con tomar una cada 8 horas para que te proporcionase la cantidad diaria de optimismo recomendada. Sería una solución eficaz contra esos períodos en los que ves la vida como algo complicado y sin sentido y que te dan ganas de salir corriendo o tirarte desde un octavo. Sería fantástico poder ir a una farmacia y pedir una caja de cápsulas rellenas de optimismo. Incluso la gente con problemas para tragar pastillas -soy incapaz de tragarme algo más grande un grano de arroz- podría pedir un sobre con polvos o un jarabe con sabor a fresa.
Eso sí, al igual que todos los medicamentos, el prospecto advertiría de sus efectos secundarios. Los efectos adversos podrían provocar un excesivo optimismo que podría convertirse en decepción al comprobar que las metas, objetivos y aspiraciones creadas no se corresponden con la realidad. Esto podría llevar a un odio a la humanidad entera, haciendo consciente al hombre de sus propias miserias. En casos aislados, podría observarse una desmedida euforia que estaría alejada de la realidad, produciendo delirios de grandeza con las consiguientes ansias de invadir un país. Pero fuera de estas complicaciones, el invento sería maravilloso.
Ponte tú que un día te apetece ver una película romántica y llorar como un adolescente-forracarpetas. Revisas en el armario de las pastillas y escoges un comprimido de sensiblería barata. Y te pasas toda la tarde llorando a moco tendido en el sofá viendo Titanic. O que otro día te da por querer pasar unos días guardando cama con una gripe de aúpa, pues te tomas unos sobres con el virus de la gripe y estás dos días que no tienes cuerpo ni para ir a otro sitio que no sean la cama o el baño.
En fin que las pastillas no deberían existir solo para curar un dolor de cabeza, un resfriado o bajar el colesterol. Creo que es indispensable que alguien invente las pastillas para los estados de ánimo. ¿Algún voluntario?
52 fotos, 52 semanas (5)
Sí, sí, lo sé: es sábado. Y ya van 5 sábados. La verdad es que ando ilusionado con este proyecto, estoy descubriendo nuevos horizontes en la fotografía.
¿Y esta semana de qué hablamos? Si hace un par de semanas escribí sobre el arte y anteriormente lo hice sobre el dinero, esta nueva foto la he querido dedicar a algo mucho más llano y menos trascendental -por lo menos a simple vista. Pero, ¿han mirado bien la foto?, ¿están viendo los granos de café?, ¿los están oliendo? Me encanta el olor del café. Es destapar un bote con café y hacer el acto reflejo de respirar hondo y cerrar los ojos. Incluso, para preparar esta fotografía, el olor que desprendían los granos me fascinaba.
Así que, a raíz de esta fotografía, he decidido reivindicar los placeres sencillos. Hagamos una pequeña lista con algunos de mis placeres sencillos: el olor del café, explotar burbujas de los embalajes, meter los dedos en un saco de lentejas, el sonido de unos tacones, llenar un vaso hasta que rebose, el sonido de una lata de refresco al abrirse, el olor a libro nuevo… Creo que es hora de salirse del cauce de la vida moderna y perder un poco el tiempo para disfrutar con estos pequeños placeres. Si hay algo de lo que soy testigo es de que la gente suele preocuparse exclusivamente por aquello que sea más importante para su vida dejando de lado todo lo banal. Pues hoy y desde este blog quiero hacer apología de lo insustancial, de todo aquello que no nos lleva a ningún lado y que nos produce un placer a corto plazo, a muy corto plazo. De vez en cuando hay que dejar de preocuparse de la economía, de la salud, de la política, de la cultura y de lo importante para sentirse estúpido al salir a la calle y pisar una acera llena de hojas secas escuchando cómo crujen. A veces, esto es lo importante, darse el placer a uno mismo sin esperar grandes cosas. Todo lo demás, superfluo.
¿Alguien me cuenta sus propios pequeños placeres?
Redescubriendo
Lengua. Lengua. Lengua. L-E-N-G-U-A. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua.
Es necesario repetirlo las veces que sea necesario hasta que pierda su sentido. Lengua. Es maravilloso. L-E-N-G-U-A. Si hay una cosa que uno va perdiendo cuando va ganando años es la capacidad de asombro. Llega un punto en el que parece que has visto tantas cosas que no te permites asombrarte por nada. Entierras tu sorpresa y la transformas en apatía, dejándote llevar hacia la monotonía de lo cotidiano. Pero esa capacidad de asombro puede salir a la superficie de una manera sencilla y sin esfuerzo. Todo el mundo ha jugado alguna vez a decir una palabra muchas veces hasta que pierda su sentido. Permite eliminar lo cotidiano que tenía su nombre y admirarla desde una nueva perspectiva.
Lengua. Pongamos, por ejemplo, ese músculo rosado que tenemos dentro de la boca. LEN-GUA. Ahora que la palabra suena ajena, podemos saborearla mejor. L-E-N-G-U-A. Empiezas a ser consciente de que dentro de la boca tienes un bulto rosa. La sacas y te la miras en el espejo. Te das cuenta de que, aquel músculo que te permite saborear los alimentos y vocalizar, fuera de la cavidad bucal parece gordo y torpe. Y está húmeda. Llega incluso a ser molesta, tienes que llevar cuidado en no seccionarla con los dientes y cometer una tragedia. Es nuevo, nunca te habías parado a contemplar así este órgano, es como si fuese algo que acabas de descubrir que tienes. Su utilidad es evidente, pero muchas veces se ve involucrada en otras actividades, casi siempre relacionadas con el placer. Te permite distinguir un plato de espinacas de uno de pollo; un plato de acelgas de un flan. Más aún, la lengua es parte fundamental de los besos, es el elemento activo que hace compartir fluidos, saborear al otro. Se pueden entrelazar, puedes explorar la boca del otro. Puedes metérsela hasta la campanilla. Por fin, algo tan tuyo como la lengua, has conseguido redescubrirla. Fascinante



