Jodido perro

El habitáculo del ascensor tiene el espacio justo para dos o quizá tres personas. No más. Aunque el espejo intente hacer que el espacio parezca mayor, es en vano. Uno entra en un ascensor y se empequeñece hasta empatizar con una sardina en lata. Aquí han fumado, piensa ella mientras aprieta el botón del cuarto. Las puertas se cierran de golpe. Las máquinas hacen ruido para elevar la cabina. En la pantalla del panel de botones, los números desfilan: 1, 2, 3.

La luz se apaga. El ruido de máquinas cesa repentinamente y el ascensor se para en seco. Ella y el carro de la compra, con el pan, las lechugas, las manzanas, los pepinos y las pescadillas se quedan atrapados entre el tercer y el cuarto piso. No puede ser, piensa, tenía que ser justo ahora. Nunca es un buen momento para quedarse atascada en un ascensor, pero para ella ahora es un mal momento porque el pobre perro estará desesperado ya que es su hora de salir a la calle. Aporrea las puertas y grita, ¿Hay alguien ahí? ¿Oigan? Me he quedado atrapada en el ascensor. Nadie contesta. Sigue leyendo «Jodido perro»

52 fotos, 52 semanas (12)

52 fotos, 52 semanas (12)

Propongo que, como protesta contra la sensiblería navideña, hagamos una huelga inversa de turrón que consistiría en llevar a cabo una dieta que esté constituida única y exclusivamente por turrón. Nada de gambas, centollos, solomillos o verduras. Tanto el desayuno, como la comida, pasando por la merienda hasta la cena tendría que tener como primer y único alimento un buen plato de turrón. Esto, que a bote pronto puede sonar excesivo, no es tan radical si se examina a fondo: en el mercado existen infinidad de tipos de turrón que puede hacer que nuestra dieta sea todo lo variada que queramos.

Ponte que has llegado al punto en el que te has cansado de comer turrón duro. No tienes más que pasarte al turrón blando. O al relleno de coco. Por supuesto que la dieta que propongo no es tan estricta como para que quede reducida a los turrones. Podría también incluirse tanto polvorones como mazapanes y hasta trufas de chocolate. Si me apuran, alguna que otra fruta escarchada, sin excederse claro está. Así, tendríamos una dieta variada, colorida, suculenta y, lo más importante, que extendería el infarto entre la población.

Tras el primer millar de infartos simultáneos quizá nos pararíamos a recapacitar sobre la ñoñería y superficialidad que va ligada a estas fechas.

Feliz Navidad.