La mosca se apoyó en el filo del vaso y empezó a asearse sus patitas diminutas. Los dos ojos, divididos en miles de de celdillas, me miraban. Sus alas transparentes se agitaban. Parecía estar tramando algo. El modo con el que se paseaba por el borde del vaso hacía sospechar de una intención malvada. Su cuerpo, de un color apagado, se movía de un lado para otro en una danza hiperactiva. Aquella mosca fea, repugnante, debía de haber salido de un huevo tan feo y tan repugnante cómo ella. Desconocía el tiempo exacto de vida que se le espera a una mosca, pero suponía que sería corto, muy corto, aunque suficiente para ese ser diminuto. Con objeto de espantarla, acerqué mi mano al vaso. Se decidió a emprender el vuelo y rebotó en mi piel. Se zambulló en el líquido del vaso. Al momento, su cadáver flotaba.
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