Cortylandia

Dando una vuelta por Madrid, entre luces, frío, vendedores callejeros y gente con bolsas de acá para allá, fuimos a parar a Cortylandia. Ya saben ese espectáculo que se repite todos los años en el Corte Inglés de Preciados.

Y, la verdad, pasé miedo. Los muñecos, con aquel movimiento mecánico y repetitivo, junto con la música dotaban al espectáculo de un aire grotesco que hacía que se te pusieran los pelos de punta. Tenías el presentimiento de que, en cualquier momento, alguno de esos autómatas cabezones podrían cobrar vida propia, con los ojos encendidos y perseguirte. No podía comprender como, a mi lado, los niños y padres aplaudían ante tal exhibición y no paraban de reír y cantar al ritmo de una música que más bien parecía salida del circo de los horrores. Sigue leyendo «Cortylandia»

Correspondencia con lo fantástico y lo absurdo

El metro es algo sorprendente. En él se concentra tal cantidad de gente (siempre en tránsito) que es imposible no ser testigo de alguna escena curiosa. A uno a veces le entran ganas de comprarse un ticket y pasarse una jornada entera sentado en un vagón para entretenerse viendo cómo la gente viene y va, como mero espectador.

Hoy en el metro me he fijado en una chica que en vez de unas cejas de verdad, con sus pelos, en  vez de eso tenía unas cejas tatuadas. El que le había tatuado las cejas había tenido la pericia (o la mala hostia) de hacerle unas con un ligera forma de pico que le dotaban a la mujer de una cara de sorpresa permanente. Esto, que puede sonar gracioso, o incluso puedes llegar a pensar que es útil ya que podrás mostrar admiración sin que de verdad sientas nada, es en realidad una putada (con perdón). Esa admiración constante puede jugarte una mala pasada en situaciones que precisamente requieran tristeza, pena, dolor o desazón. Esa actitud de permanentemente fascinación daba una sensación algo patética, como un payaso triste que provoca un sentimiento agridulce. Incluso, esta mujer, cuando de verdad quisiera expresar admiración o sorpresa, su gesto, sería muy artificial, desmedido, incluso molesto. Uno siempre necesita algo de aprobación, un refuerzo positivo, una palmadita en la espalda. Pero no podría convivir con tan excesiva muestra de ello. Incluso, con el paso del tiempo y de los años, tal vez la carne ya no está donde antes estuvo y podría deformarse llegando a ser un gesto picassiano, con una mueca permanente en el rostro.

En fin, el metro proporciona una fauna maravillosa que contemplar y no podemos desaprovechar la oportunidad de ser espectadores, aunque quizá sea a nosotros a quien nos contemplen.