Ella

El estuche desinflado de la guitarra que estaba a sus pies apenas tenía cuatro o cinco monedas. Su voz resonaba en ese pasadizo que unía un andén con otro de una misma línea pero en sentidos contrarios. Él rasgaba la guitarra suavemente, sin movimientos bruscos. Pulsaba las cuerdas sobre el mástil con la misma intención. Su voz sonaba rota, sin grandes capacidades pero con una melancolía y un sentimiento propio.

Aunque aquel pasadizo no era demasiado frecuentado, esas paredes tenían un algo especial, no sabía muy bien en el qué, pero que eran un elemento más de su música, y que ayudaban a mejorar la melodía.  La guitarra tenía la madera descascarillada y había perdido todo el brillo. Una pegatina intentaba disimular un desconchón en la parte de atrás del cuerpo de la guitarra. Sigue leyendo «Ella»

Un pequeño desastre.

desastre
Soñé que iba en el metro y que entraba la palabra mosca revoloteando, usando la m y la a como alas. Tras unos círculos en el aire y alguna que otra pirueta se posó delicadamente en el libro que estaba leyendo. Entonces, todas las palabras de la hoja que leía se estremecieron y abandonaron su posición para huir con rapidez. Las oraciones subordinadas se deshicieron las primeras, libres ya sin depender de nada ni de nadie. Después lo hicieron las compuestas y por último las simples. Quizá estas últimas lo hicieron con aún mayor premura, probablemente por temor a que alguna palabra de una oración subordinada se tomara la justicia por su mano y decidiese tomarlas presas.

La palabra león corría persiguiendo a gacela, los pronombres buscaban un poco de atención, los adjetivos parecían desorientados sin sustantivos a los que adjetivar y las conjunciones se amontonaban en el suelo como una montaña de cadáveres sin nada que unir.

Un viajero tiró del freno de emergencia cuando vieron que la situación se había propagado a otros libros cercanos. Las palabras orden y autoridad estaban siendo acorraladas en una esquina del vagón por guerra, anarquía y poder. Incluso los palabras de los anuncios que decoraban el metro se habían descolgado también y coca-cola perdía líquido y gas poniéndolo todo perdido. Un par de aviones, pájaros y nubes pasaron rozándome el pescuezo.
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Correspondencia con lo fantástico y lo absurdo

El metro es algo sorprendente. En él se concentra tal cantidad de gente (siempre en tránsito) que es imposible no ser testigo de alguna escena curiosa. A uno a veces le entran ganas de comprarse un ticket y pasarse una jornada entera sentado en un vagón para entretenerse viendo cómo la gente viene y va, como mero espectador.

Hoy en el metro me he fijado en una chica que en vez de unas cejas de verdad, con sus pelos, en  vez de eso tenía unas cejas tatuadas. El que le había tatuado las cejas había tenido la pericia (o la mala hostia) de hacerle unas con un ligera forma de pico que le dotaban a la mujer de una cara de sorpresa permanente. Esto, que puede sonar gracioso, o incluso puedes llegar a pensar que es útil ya que podrás mostrar admiración sin que de verdad sientas nada, es en realidad una putada (con perdón). Esa admiración constante puede jugarte una mala pasada en situaciones que precisamente requieran tristeza, pena, dolor o desazón. Esa actitud de permanentemente fascinación daba una sensación algo patética, como un payaso triste que provoca un sentimiento agridulce. Incluso, esta mujer, cuando de verdad quisiera expresar admiración o sorpresa, su gesto, sería muy artificial, desmedido, incluso molesto. Uno siempre necesita algo de aprobación, un refuerzo positivo, una palmadita en la espalda. Pero no podría convivir con tan excesiva muestra de ello. Incluso, con el paso del tiempo y de los años, tal vez la carne ya no está donde antes estuvo y podría deformarse llegando a ser un gesto picassiano, con una mueca permanente en el rostro.

En fin, el metro proporciona una fauna maravillosa que contemplar y no podemos desaprovechar la oportunidad de ser espectadores, aunque quizá sea a nosotros a quien nos contemplen.