El señor de la foto sostiene entre los dedos de su mano derecha una bola con un número. No se trata, al contrario de lo que podría parecer de un primer vistazo, de un bingo, por lo que nadie de los que están sentados allí desde donde el fotógrafo hizo la foto se levantará de repente y gritará línea ni nada semejante. La vestimenta de este señor corrobora que, efectivamente, esa bola tiene una trascendencia que no es fácil vislumbrar de un golpe de vista, tan solo cuando uno se esmera en intentar comprender la fotografía, se da cuenta de que esos puños blancos subrayan junto con la expresión seria un procedimiento importante y al que se trata con una cierta solemnidad. El micrófono quizá sirva para aumentar aún más la sensación y dotar al conjunto de la gravedad necesaria. Pero sí, ese bingo de juguete que está situado a la izquierda del que parece un juez hace que la trascendencia del conjunto se esfume enseguida sin que la toga, los puños blancos, la corbata o hasta incluso la barba del señor que aparece en la fotografía consigan hacerle frente. Sigue leyendo «El bombo»
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Ensalzamiento de una lata de tomate.
Bien, me digo, dentro debe de estar la inmortalidad. Esas paredes de hojalata contienen mucho más que salsa de tomate, algo inmaterial e intangible a lo que es imposible acceder para el ser humano, pero de lo que sabemos que ha de ser importante, muy importante. Por el hermetismo con el que guarda celosamente su contenido, podría suponerse que esconde un universo en miniatura, paralelo al nuestro, pero totalmente diferente donde han de regirse unas leyes físicas distintas que no tendrían lógica fuera de la lata de tomate. Sirva como ejemplo que el tiempo dentro de la lata pasa mucho más rápido que aquí fuera. Fíjense si no en la fecha de caducidad, tan próxima en el tiempo. Así que la vida de dentro es mucho más fugaz que la de aquí. Sigue leyendo «Ensalzamiento de una lata de tomate.»
Diario de viaje (IV): el regreso.

El regreso siempre es duro; pero no hay más remedio. Es inevitable tener que volver a casa, de mejor o peor ánimo, para evitar echar raíces allá donde te encuentras. Para ello, es necesario echar de menos de alguna forma tu casa: la altura perfecta de tu almohada; tu sofá o tu televisión; la comodidad de tu baño; tu ciudad. Si no es así, se corre el riesgo de no querer volver, de querer quedarse en el lugar de vacaciones, de querer sustituir tus raíces por otras. Afortunadamente, la mayoría de las veces esto no sucede y vuelves a casa sin rechistar, quizá algo taciturno, resignado, más aún si has disfrutado del viaje. Sigue leyendo «Diario de viaje (IV): el regreso.»
Diario de viaje (II): Bruselas
Tengo la absoluta certeza de que cada ciudad del mundo, fundamentalmente aquellas que tienen algo especial que mostrar y que son admiradas por ese algo, tienen su propio olor característico y representativo que se ha instaurado en nuestro olfato. París huele a pan caliente, Amsterdam a queso y, aunque no he estado en Nueva York, me da que debe oler a perrito caliente. Bruselas huele, sin duda, a chocolate y a gofre.
Esto es un hecho objetivo que cualquiera que haya estado allí entenderá perfectamente el porqué. Si hace unos años se decía que una ardilla podía atravesar la Península Ibérica de árbol en árbol sin necesidad de tocar el suelo, lo mismo podría decirse de Bruselas en la que uno puede ir a donde quiera saltando de tienda de chocolate en tienda de chocolate sin necesidad de tocar tierra firme. No obstante, en caso de no querer moverse por la ciudad de la manera propuesta, de tienda de chocolate en tienda de chocolate, tengo serias dudas acerca del material con el que están hechos los adoquines de la calle. Puedo sostener que los adoquines, lejos de estar extraídos de una cantera, están hechos de chocolate puro que, aunque no lo pude comprobar porque durante mi estancia allí ya empezaba a hacer frío, parecía que podían empezar a derretirse en cualquier momento. Si uno mira para arriba, no es casual que el color marrón predomine en los ladrillos de las casas: estas también deben de estar hechas de chocolate. Así que imagínense las consecuencias catastróficas que podría desencadenar un día de calor en Bruselas. Figúrense cómo quedaría la ciudad tras una ola de calor en la que las calles se convertirían en ríos de chocolate y los edificios empezarían a disminuir su tamaño vagando a la deriva por el chocolate líquido como lo hace un iceberg en Groenlandia. Pero afortunadamente Bélgica no es un país en el que haga calor, así que esta imagen de ciudad derretida estará, por el momento, solo en nuestra imaginación. Sigue leyendo «Diario de viaje (II): Bruselas»
Diario de viaje (I): el aeropuerto y el avión.
Puede ser que uno aborrezca todo aquello que está acostumbrado a hacer por la simple razón del inevitable aburrimiento que conlleva la monotonía. Pero hasta que llega esa monotonía, es imposible disfrutar, al menos un poco, de todo lo que uno debe hacer. Es un buen ejemplo no el hecho de viajar, que a quien más o a quien menos siempre gusta, sino la forma en la que uno tiene que desplazarse. El transporte más odiado es, sin ninguna duda, el avión. Pero para mí, usuario muy ocasional de él, es una experiencia, no sé si agradable del todo, pero sí muy estimulante. No solo el vuelo lo es, sino que también lo es el aeropuerto.
Por empezar de manera lógicamente cronológica hablaré del control policial. Al esperar la cola para pasar por el arco de seguridad uno empieza a tener la sensación de tener que demostrar que no esconde nada y empieza a actuar de manera ostensiblemente normal, quizá excesiva, para hacer ver a todo el mundo que es una persona normal y no un terrorista con una bomba en los zapatos. Tu cuerpo parece estar diciendo a todo el mundo, vean lo normal que soy, no tengo nada que ocultar. Pero es inevitable que, en el momento de pasar por el arco de seguridad tu pulso se acelere y lo traspases como lo haría un condenado a muerte, resignado por el destino que alguien ha decidido para ti. Puedo asegurar que atravesar el arco y no oír tras de ti ese pitido acusador que te obliga a permitir que uno de aquellos guardias con guantes de látex te registre es, cuanto menos, liberador.
A partir de aquí comienza ese universo paralelo a la realidad cotidiana que es un aeropuerto. Aunque podría decirse que el aeropuerto que hay tras el control policial se parece más bien al interior de un cuerpo humano, con un esqueleto de acero, en el que tú y todos los que te rodean vagan por él a la espera de ser deglutidos y digeridos. Póngase como ejemplo la búsqueda en los paneles luminosos de la puerta de embarque de tu vuelo en los que en realidad donde pone el nombre de las ciudades de destino, debería poner el nombre del órgano al que vas destinado; como el estómago, el corazón, el páncreas o el cerebro. Te dejas guiar hasta el órgano que te corresponde, preocupándote de realizar tu tarea de alimentar a ese cuerpo gigantesco al que llaman aeropuerto de la mejor manera posible. Para acreditar que es ese órgano al que debes proveer de la energía necesaria para funcionar de manera correcta, presentas tu DNI en la entrada de la puerta de embarque y te hinchas de orgullo ante el encomiable trabajo que en breve deberás de realizar. Pero es mentira. Tras la pasarela que conecta con el avión no hay ningún órgano animal, ni mucho menos humano. Lo que hay no puede compararse con nada vivo, ni tampoco con nada muerto. Ha de compararse, si es que se puede comparar con algo, con una realidad intermedia, falsa, de cartón piedra. Se preguntarán por qué digo esto. Es fácil y se comprueba de inmediato nada más entrar en el avión, al enfrentarse con la sonrisa fingida e inmutable de la azafata que recibe al pasaje, que va dando de manera mecánica, como lo haría un robot, los buenos días o las buenas tardes, y que al pasar delante de ella y contestar a sus buenos días es imposible evitar preguntarte dónde está escondido el mecanismo que da cuerda a aquel ser que irradia una amabilidad tan irritante. Sin embargo, no hay tiempo de preocuparse por ello. Hay que adentrarse en la fauna de asientos grises dispuestos en dos filas hasta encontrar aquel cuyo número coincide con el que aparece en la tarjeta de embarque. No es hasta que te sientas en aquel asiento gris cuando tomas conciencia de que de manera natural te han crecido escamas, tu respiración que, hasta hace un momento era por vía pulmonar, ha dejado de ser tal para convertirse en una respiración de tipo branquial y los ojos se han convertido en dos pupilas grandes que parecen mirar al infinito. Te das cuenta de que tú, aquel que se sienta en el asiento de al lado, el que se sienta detrás de ti y, en general, todos los que van en ese avión contigo -a excepción de las azafatas que son, como ya se ha dicho, seres inmutables- os habéis convertido en unas sardinas y el avión en la lata que os contiene. Compruebas, con algo de esfuerzo, que la atmósfera que respiras no dista mucho del líquido que baña unas sardinas enlatadas y al que, las pocas veces que me he enfrentado a una lata de sardinas, tiro con asco por el desagüe del fregadero.
La lata empieza a moverse, primero marcha atrás y luego hacia delante para encontrar la pista de despegue, y los seres irreales a las que llamas azafatas se presentan en medio del pasillo que separa las dos filas de butacas para ejecutar con una magistral coordinación aunque con desgana las instrucciones que deberán seguirse en caso de que el avión se caiga al océano, se estrelle en tierra o, lo que no puede dejar de fascinarme por la expresión empleada y por el completo desconocimiento de lo que significa, en caso de despresurización de la cabina. Ejecutan, como he dicho, la coreografía de manera magistral, pero lo que de verdad me asombra es el hecho de que nadie a mi alrededor siente la necesidad de ponerse aplaudir ante tal espectáculo. No sucede así, nadie aplaude, y tampoco las bailarinas hacen reverencias a modo de saludo y agradecimiento por esos aplausos que no llegan.
La lata de sardinas se pone en la cabecera de la pista de despegue y pone sus motores a máxima potencia para elevarse hacia el cielo y mantenerse en el aire hasta el destino donde alguien, espero que alguien cualificado para la tarea, rompa la apertura de la lata y podamos salir de ella reconvertidos en lo que éramos antes de entrar: humanos.
Un coche reluciente.
-¿Va a querer encerado?- me dijo mientras le ponía el billete en la mano.
-No, gracias. Lavado completo pero sin encerado.
Subí la ventanilla. Aquel tipo cogió una pistola de agua a presión y la dirigió hacia mi coche. Podía sentir la fuerza que llevaba el agua. Pasó el chorro por el parabrisas y se detuvo en una cagada de pájaro reseca. A través del cristal le oía despotricar, me cago en los putos pájaros. Cuando consiguió eliminar la mancha, siguió por la ventanilla del copiloto hasta que dio la vuelta al coche. Me hizo una seña para que quitase el freno de mano y pusiese las ruedas en el mecanismo que introducía mi coche en el túnel de lavado. Movía las manos en la dirección a la que debía dirigirme, leía en sus labios, un poquito más, un poquito más, hasta que con otro gesto me indicó que ya estaba bien. Le dio un golpe a un botón rojo que estaba en la pared y la máquina empezó a tirar de mi coche. Me dio un golpecito en la ventanilla y me señaló un cartel en el que ponía que no usase el freno de mano mientras estuviese dentro del túnel. Poco a poco, mi coche fue pasando la cortina de tiras de plástico. Por el retrovisor vi al hombre que sacaba un cigarro del paquete del bolsillo de su camisa y lo encendía. Fumaba mientras levantaba la cabeza y miraba hacia el cielo. Sigue leyendo «Un coche reluciente.»
Mosca
La mosca se apoyó en el filo del vaso y empezó a asearse sus patitas diminutas. Los dos ojos, divididos en miles de de celdillas, me miraban. Sus alas transparentes se agitaban. Parecía estar tramando algo. El modo con el que se paseaba por el borde del vaso hacía sospechar de una intención malvada. Su cuerpo, de un color apagado, se movía de un lado para otro en una danza hiperactiva. Aquella mosca fea, repugnante, debía de haber salido de un huevo tan feo y tan repugnante cómo ella. Desconocía el tiempo exacto de vida que se le espera a una mosca, pero suponía que sería corto, muy corto, aunque suficiente para ese ser diminuto. Con objeto de espantarla, acerqué mi mano al vaso. Se decidió a emprender el vuelo y rebotó en mi piel. Se zambulló en el líquido del vaso. Al momento, su cadáver flotaba.
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Las tensiones en los mercados de deuda aumentan el coste de los Estados
Uno quisiera entender de economía por aquello de estar a la moda. Uno oye en el telediario euríbor, prima de riesgo, Eurozona, IPC, CEOE y siente envidia por no poder manejar esos términos con la naturalidad que se coge un metro o se pide un café.
Aunque así, de sopetón, uno no sabe lo que es el euríbor, por ejemplo, sí sabe que tiene que ser algo importante, algo relevante en el contexto económico actual. Y, pensándolo bien, la verdad es que encaja a la perfección en el campo económico. Piénsenlo. Euríbor, qué palabra. Se hace algo áspera al pronunciarla con esa r final, hasta escrita se ve que es fea. Precisamente eso hace que parezca importante, quizá más de lo que en realidad signifique, que no lo sé y no me voy a poner ahora a buscarlo que, todo sea dicho, tampoco me importa mucho. Si ahora alguien me pidiese que hiciese una frase que contuviera la palabra Euríbor, probablemente saldría corriendo.
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Hermanamiento bloguero
Antes de nada, supongo que os habréis dado cuenta de que el diseño del blog ha cambiado. Lo primero es que he diseñado un logo (el que aparece en la cabecera) para tener un seña de identidad y que lo represente a lo largo y ancho del mundo (aunque creo que sólo lo representará a lo estrecho). Y lo segundo es que la fisonomía del blog ha sido cambiada completamente. Esto no es algo definitivo, así que se aceptan sugerencias de si está mejor ahora o lo estaba antes.
Hace un par de semanas decidimos hacer Sherab, Spidey y yo una especie de hermanamiento de blogs, es decir, una conversación pública con luz y taquígrafos -adoro esta expresión- acerca de algún tema. Uno escribiría un post y los otros le contestarían desde sus propios blogs. Ya hicimos un primer contacto con la contestación que ellos dieron a mi entrada sobre el arte. Pues bien, Spidey escribió este fin de semana un post que me he decidido a contestar.
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52 fotos, 52 semanas (5)
Sí, sí, lo sé: es sábado. Y ya van 5 sábados. La verdad es que ando ilusionado con este proyecto, estoy descubriendo nuevos horizontes en la fotografía.
¿Y esta semana de qué hablamos? Si hace un par de semanas escribí sobre el arte y anteriormente lo hice sobre el dinero, esta nueva foto la he querido dedicar a algo mucho más llano y menos trascendental -por lo menos a simple vista. Pero, ¿han mirado bien la foto?, ¿están viendo los granos de café?, ¿los están oliendo? Me encanta el olor del café. Es destapar un bote con café y hacer el acto reflejo de respirar hondo y cerrar los ojos. Incluso, para preparar esta fotografía, el olor que desprendían los granos me fascinaba.
Así que, a raíz de esta fotografía, he decidido reivindicar los placeres sencillos. Hagamos una pequeña lista con algunos de mis placeres sencillos: el olor del café, explotar burbujas de los embalajes, meter los dedos en un saco de lentejas, el sonido de unos tacones, llenar un vaso hasta que rebose, el sonido de una lata de refresco al abrirse, el olor a libro nuevo… Creo que es hora de salirse del cauce de la vida moderna y perder un poco el tiempo para disfrutar con estos pequeños placeres. Si hay algo de lo que soy testigo es de que la gente suele preocuparse exclusivamente por aquello que sea más importante para su vida dejando de lado todo lo banal. Pues hoy y desde este blog quiero hacer apología de lo insustancial, de todo aquello que no nos lleva a ningún lado y que nos produce un placer a corto plazo, a muy corto plazo. De vez en cuando hay que dejar de preocuparse de la economía, de la salud, de la política, de la cultura y de lo importante para sentirse estúpido al salir a la calle y pisar una acera llena de hojas secas escuchando cómo crujen. A veces, esto es lo importante, darse el placer a uno mismo sin esperar grandes cosas. Todo lo demás, superfluo.
¿Alguien me cuenta sus propios pequeños placeres?




