Tenemos la piel muy fina

Captura de los guiñoles de Canal + FranciaLa opinión pública es propensa al sarpullido. El menor roce puede desencadenar una erupción cutánea que, sin saber muy bien cómo, acaba convirtiéndose en algo trascendental lo que, en realidad, es trivial.

Sirva como ejemplo el revuelo ocasionado por Los Guiñoles franceses. Más allá de la opinión que se pueda tener acerca de la sanción que el ciclista Contador recibió por parte del TAS, es increíble que un país entero se ponga en pie porque unos muñecos de látex hayan parodiado la sanción. Me sonrojo al ver que un ministro pide explicaciones por algo tan nimio como un chiste. Quizá deberíamos revisarnos la tolerancia de nuestro cuerpo hacia estos agentes externos que creemos que nos están atacando. Puede que el sarpullido salga espontáneamente pero hacemos mal en rascarnos con fiereza la piel hasta que el sarpullido aumenta, se extiende y nos cubre de forma que el control de nuestra ira se vuelve imposible. Sigue leyendo «Tenemos la piel muy fina»

El bombo

El señor de la foto sostiene entre los dedos de su mano derecha una bola con un número. No se trata, al contrario de lo que podría parecer de un primer vistazo, de un bingo, por lo que nadie de los que están sentados allí desde donde el fotógrafo hizo la foto se levantará de repente y gritará línea ni nada semejante. La vestimenta de este señor corrobora que, efectivamente, esa bola tiene una trascendencia que no es fácil vislumbrar de un golpe de vista, tan solo cuando uno se esmera en intentar comprender la fotografía, se da cuenta de que esos puños blancos subrayan junto con la expresión seria un procedimiento importante y al que se trata con una cierta solemnidad. El micrófono quizá sirva para aumentar aún más la sensación y dotar al conjunto de la gravedad necesaria. Pero sí, ese bingo de juguete que está situado a la izquierda del que parece un juez hace que la trascendencia del conjunto se esfume enseguida sin que la toga, los puños blancos, la corbata o hasta incluso la barba del señor que aparece en la fotografía consigan hacerle frente. Sigue leyendo «El bombo»

Ensalzamiento de una lata de tomate.

Bien, me digo, dentro debe de estar la inmortalidad. Esas paredes de hojalata contienen mucho más que salsa de tomate, algo inmaterial e intangible a lo que es imposible acceder para el ser humano, pero de lo que sabemos que ha de ser importante, muy importante. Por el hermetismo con el que guarda celosamente su contenido, podría suponerse que esconde un universo en miniatura, paralelo al nuestro, pero totalmente diferente donde han de regirse unas leyes físicas distintas que no tendrían lógica fuera de la lata de tomate. Sirva como ejemplo que el tiempo dentro de la lata pasa mucho más rápido que aquí fuera. Fíjense si no en la fecha de caducidad, tan próxima en el tiempo. Así que la vida de dentro es mucho más fugaz que la de aquí. Sigue leyendo «Ensalzamiento de una lata de tomate.»

Diario de viaje (IV): el regreso.


El regreso siempre es duro; pero no hay más remedio. Es inevitable tener que volver a casa, de mejor o peor ánimo, para evitar echar raíces allá donde te encuentras. Para ello, es necesario echar de menos de alguna forma tu casa: la altura perfecta de tu almohada; tu sofá o tu televisión; la comodidad de tu baño; tu ciudad. Si no es así, se corre el riesgo de no querer volver, de querer quedarse en el lugar de vacaciones, de querer sustituir tus raíces por otras. Afortunadamente, la mayoría de las veces esto no sucede y vuelves a casa sin rechistar, quizá algo taciturno, resignado, más aún si has disfrutado del viaje. Sigue leyendo «Diario de viaje (IV): el regreso.»

Diario de viaje (III): el tren y Brujas.

El progreso tarda un tiempo en calar. Nuestras mentes necesitan un periodo de adaptación hacia la evolución de la tecnología. El tren ya no es una sucesión de vagones con una locomotora a la cabeza de la que sale un humo esponjoso de la chimenea y que emite durante el viaje el mismo silbido que hace una tetera para indicarte que el agua está hirviendo. Sin embargo, nuestra mente lo sigue concibiendo de esta manera. Hagan el ejercicio si quieren. Cierren un momento los ojos e imaginen un tren y comprobarán, sin mucho esfuerzo, que la única imagen que se nos viene a la cabeza dista mucho de lo que hoy en día es un tren, a saber: una estructura que se mueve por dos vigas infinitas de acero paralelas y del que emerge del techo un armatoste de hierro que entra en contacto con un entramado de cables que proveen la energía necesaria para que pueda transportarte de una estación a otra, pero sin humo blanco ni chimenea. Sigue leyendo «Diario de viaje (III): el tren y Brujas.»

Diario de viaje (II): Bruselas

Tengo la absoluta certeza de que cada ciudad del mundo, fundamentalmente aquellas que tienen algo especial que mostrar y que son admiradas por ese algo, tienen su propio olor característico y representativo que se ha instaurado en nuestro olfato. París huele a pan caliente, Amsterdam a queso y, aunque no he estado en Nueva York, me da que debe oler a perrito caliente. Bruselas huele, sin duda, a chocolate y a gofre.

Esto es un hecho objetivo que cualquiera que haya estado allí entenderá perfectamente el porqué. Si hace unos años se decía que una ardilla podía atravesar la Península Ibérica de árbol en árbol sin necesidad de tocar el suelo, lo mismo podría decirse de Bruselas en la que uno puede ir a donde quiera saltando de tienda de chocolate en tienda de chocolate sin necesidad de tocar tierra firme. No obstante, en caso de no querer moverse por la ciudad de la manera propuesta, de tienda de chocolate en tienda de chocolate, tengo serias dudas acerca del material con el que están hechos los adoquines de la calle. Puedo sostener que los adoquines, lejos de estar extraídos de una cantera, están hechos de chocolate puro que, aunque no lo pude comprobar porque durante mi estancia allí ya empezaba a hacer frío, parecía que podían empezar a derretirse en cualquier momento. Si uno mira para arriba, no es casual que el color marrón predomine en los ladrillos de las casas: estas también deben de estar hechas de chocolate. Así que imagínense las consecuencias catastróficas que podría desencadenar un día de calor en Bruselas. Figúrense cómo quedaría la ciudad tras una ola de calor en la que las calles se convertirían en ríos de chocolate y los edificios empezarían a disminuir su tamaño vagando a la deriva por el chocolate líquido como lo hace un iceberg en Groenlandia. Pero afortunadamente Bélgica no es un país en el que haga calor, así que esta imagen de ciudad derretida estará, por el momento, solo en nuestra imaginación. Sigue leyendo «Diario de viaje (II): Bruselas»

Diario de viaje (I): el aeropuerto y el avión.

Puede ser que uno aborrezca todo aquello que está acostumbrado a hacer por la simple razón del inevitable aburrimiento que conlleva la monotonía. Pero hasta que llega esa monotonía, es imposible disfrutar, al menos un poco, de todo lo que uno debe hacer. Es un buen ejemplo no el hecho de viajar, que a quien más o a quien menos siempre gusta, sino la forma en la que uno tiene que desplazarse. El transporte más odiado es, sin ninguna duda, el avión. Pero para mí, usuario muy ocasional de él, es una experiencia, no sé si agradable del todo, pero sí muy estimulante. No solo el vuelo lo es, sino que también lo es el aeropuerto.

Por empezar de manera lógicamente cronológica hablaré del control policial. Al esperar la cola para pasar por el arco de seguridad uno empieza a tener la sensación de tener que demostrar que no esconde nada y empieza a actuar de manera ostensiblemente normal, quizá excesiva, para hacer ver a todo el mundo que es una persona normal y no un terrorista con una bomba en los zapatos. Tu cuerpo parece estar diciendo a todo el mundo, vean lo normal que soy, no tengo nada que ocultar. Pero es inevitable que, en el momento de pasar por el arco de seguridad tu pulso se acelere y lo traspases como lo haría un condenado a muerte, resignado por el destino que alguien ha decidido para ti. Puedo asegurar que atravesar el arco y no oír tras de ti ese pitido acusador que te obliga a permitir que uno de aquellos guardias con guantes de látex te registre es, cuanto menos, liberador.

A partir de aquí comienza ese universo paralelo a la realidad cotidiana que es un aeropuerto. Aunque podría decirse que el aeropuerto que hay tras el control policial se parece más bien al interior de un cuerpo humano, con un esqueleto de acero, en el que tú y todos los que te rodean vagan por él a la espera de ser deglutidos y digeridos. Póngase como ejemplo la búsqueda en los paneles luminosos de la puerta de embarque de tu vuelo en los que en realidad donde pone el nombre de las ciudades de destino, debería poner el nombre del órgano al que vas destinado; como el estómago, el corazón, el páncreas o el cerebro. Te dejas guiar hasta el órgano que te corresponde, preocupándote de realizar tu tarea de alimentar a ese cuerpo gigantesco al que llaman aeropuerto de la mejor manera posible. Para acreditar que es ese órgano al que debes proveer de la energía necesaria para funcionar de manera correcta, presentas tu DNI en la entrada de la puerta de embarque y te hinchas de orgullo ante el encomiable trabajo que en breve deberás de realizar. Pero es mentira. Tras la pasarela que conecta con el avión no hay ningún órgano animal, ni mucho menos humano. Lo que hay no puede compararse con nada vivo, ni tampoco con nada muerto. Ha de compararse, si es que se puede comparar con algo, con una realidad intermedia, falsa, de cartón piedra. Se preguntarán por qué digo esto. Es fácil y se comprueba de inmediato nada más entrar en el avión, al enfrentarse con la sonrisa fingida e inmutable de la azafata que recibe al pasaje, que va dando de manera mecánica, como lo haría un robot, los buenos días o las buenas tardes, y que al pasar delante de ella y contestar a sus buenos días es imposible evitar preguntarte dónde está escondido el mecanismo que da cuerda a aquel ser que irradia una amabilidad tan irritante. Sin embargo, no hay tiempo de preocuparse por ello. Hay que adentrarse en la fauna de asientos grises dispuestos en dos filas hasta encontrar aquel cuyo número coincide con el que aparece en la tarjeta de embarque. No es hasta que te sientas en aquel asiento gris cuando tomas conciencia de que de manera natural te han crecido escamas, tu respiración que, hasta hace un momento era por vía pulmonar, ha dejado de ser tal para convertirse en una respiración de tipo branquial y los ojos se han convertido en dos pupilas grandes que parecen mirar al infinito. Te das cuenta de que tú, aquel que se sienta en el asiento de al lado, el que se sienta detrás de ti y, en general, todos los que van en ese avión contigo -a excepción de las azafatas que son, como ya se ha dicho, seres inmutables- os habéis convertido en unas sardinas y el avión en la lata que os contiene.  Compruebas, con algo de esfuerzo, que la atmósfera que respiras no dista mucho del líquido que baña unas sardinas enlatadas y al que, las pocas veces que me he enfrentado a una lata de sardinas, tiro con asco por el desagüe del fregadero.

La lata empieza a moverse, primero marcha atrás y luego hacia delante para encontrar la pista de despegue, y los seres irreales a las que llamas azafatas se presentan en medio del pasillo que separa las dos filas de butacas para ejecutar con una magistral coordinación aunque con desgana las instrucciones que deberán seguirse en caso de que el avión se caiga al océano, se estrelle en tierra o, lo que no puede dejar de fascinarme por la expresión empleada y por el completo desconocimiento de lo que significa, en caso de despresurización de la cabina. Ejecutan, como he dicho, la coreografía de manera magistral, pero lo que de verdad me asombra es el hecho de que nadie a mi alrededor siente la necesidad de ponerse aplaudir ante tal espectáculo. No sucede así, nadie aplaude, y tampoco las bailarinas hacen reverencias a modo de saludo y agradecimiento por esos aplausos que no llegan.

La lata de sardinas se pone en la cabecera de la pista de despegue y pone sus motores a máxima potencia para elevarse hacia el cielo y mantenerse en el aire hasta el destino donde alguien, espero que alguien cualificado para la tarea, rompa la apertura de la lata y podamos salir de ella reconvertidos en lo que éramos antes de entrar: humanos.

Baba de caracol

Se acercó lo más que pudo. Los ojos le bizqueaban de lo cerca que estaba y le dolían. Pero no importaba, quería verlo más y más cerca, casi podía tocarlo con la nariz. El caracol se arrastraba dejando tras de sí la baba amarillenta en la cerámica del suelo. Podía seguirse con un golpe de vista allí por donde el animal había pasado. Era asombroso que un animal de esas dimensiones y a la velocidad a la que se mueve hubiese recorrido todo ese trecho. El cuerpo se contraía para moverse mientras la concha se bamboleaba a los lados. Era fascinante la tranquilidad con la que el animal se movía. Allá a tu alrededor a donde mirases solo veías insectos moviéndose frenéticamente por el aire. Y, en medio de todo ese frenesí, aquel caracol se movía pasmosamente.

El niño intentó tocarlo con sus deditos curiosos. No sabía cómo hacerlo ni dónde hacerlo. Le daba un poco de miedo hacerlo, no sabría cómo reaccionaría aquel bicho, aunque por la forma en la que se movía no podía ser muy peligroso. Aunque esto también pensaba hasta el verano pasado de las avispas. Había oído a mamá decirle que tuviera cuidado con ellas, que podían hacerte daño, pero él las veía moverse de aquella manera y flotar montones de ellas muertas en la piscina de la casa de su tío que pensaba que eran inofensivas. No pensaba ni por asomo que pudiesen hacerle daño alguno. Pero el verano pasado se le posó una en la rodilla y él, curioso, intentó hacerla volar de un manotazo. Entonces fue cuando le picó. Y cómo dolía. Fue corriendo a los brazos de su madre llorando. Era un dolor insufrible. El peor que recordaba. Sigue leyendo «Baba de caracol»

Un coche reluciente.

-¿Va a querer encerado?- me dijo mientras le ponía el billete en la mano.

-No, gracias. Lavado completo pero sin encerado.

Subí la ventanilla. Aquel tipo cogió una pistola de agua a presión y la dirigió hacia mi coche. Podía sentir la fuerza que llevaba el agua. Pasó el chorro por el parabrisas y se detuvo en una cagada de pájaro reseca. A través del cristal le oía despotricar, me cago en los putos pájaros. Cuando consiguió eliminar la mancha, siguió por la ventanilla del copiloto hasta que dio la vuelta al coche. Me hizo una seña para que quitase el freno de mano y pusiese las ruedas en el mecanismo que introducía mi coche en el túnel de lavado. Movía las manos en la dirección a la que debía dirigirme, leía en sus labios, un poquito más, un poquito más, hasta que con otro gesto me indicó que ya estaba bien. Le dio un golpe a un botón rojo que estaba en la pared y la máquina empezó a tirar de mi coche. Me dio un golpecito en la ventanilla y me señaló un cartel en el que ponía que no usase el freno de mano mientras estuviese dentro del túnel. Poco a poco, mi coche fue pasando la cortina de tiras de plástico. Por el retrovisor vi al hombre que sacaba un cigarro del paquete del bolsillo de su camisa y lo encendía. Fumaba mientras levantaba la cabeza y miraba hacia el cielo. Sigue leyendo «Un coche reluciente.»

Jodido perro

El habitáculo del ascensor tiene el espacio justo para dos o quizá tres personas. No más. Aunque el espejo intente hacer que el espacio parezca mayor, es en vano. Uno entra en un ascensor y se empequeñece hasta empatizar con una sardina en lata. Aquí han fumado, piensa ella mientras aprieta el botón del cuarto. Las puertas se cierran de golpe. Las máquinas hacen ruido para elevar la cabina. En la pantalla del panel de botones, los números desfilan: 1, 2, 3.

La luz se apaga. El ruido de máquinas cesa repentinamente y el ascensor se para en seco. Ella y el carro de la compra, con el pan, las lechugas, las manzanas, los pepinos y las pescadillas se quedan atrapados entre el tercer y el cuarto piso. No puede ser, piensa, tenía que ser justo ahora. Nunca es un buen momento para quedarse atascada en un ascensor, pero para ella ahora es un mal momento porque el pobre perro estará desesperado ya que es su hora de salir a la calle. Aporrea las puertas y grita, ¿Hay alguien ahí? ¿Oigan? Me he quedado atrapada en el ascensor. Nadie contesta. Sigue leyendo «Jodido perro»