Sueños (I)

52 fotos, 52 semanas (16)

Soñé que la realidad estaba enfocada menos yo. Abrí los ojos y podía ver perfectamente enfocada la hora del reloj de la mesilla, el calendario de la pared y la ventana pero que, sin embargo,  no podía ver con nitidez mis manos, ni mis piernas ni, en definitiva, mi cuerpo. Me levanté y corrí a ponerme en frente de un espejo. Todo lo que estaba detrás de mí se veía claro y yo, por el contrario, estaba desenfocado.

Aunque traté de disimular lo mejor que pude el efecto de mi cuerpo borroso cubriéndolo con todo tipo de ropa, era inevitable que mi cara y mis manos quedaran al descubierto.

Al mirarme de nuevo en el espejo concluí que la nitidez está sobrevalorada y me desnudé. Mi cuerpo desdibujado no estaba del todo mal, dándome un efecto enigmático que me quedaba fantástico. La tiranía de la alta definición rechaza lo imperfecto, lo borroso,  y yo no estaba dispuesto a someterme a esa dictadura de perfección.
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Visita al centro de la casa (II) [Monstruo de debajo de la cama]

En el imaginario colectivo está grabado que debajo de cualquier cama se esconde siempre un monstruo. Esta idea, introducida en la infancia, se desarrolla al intentar afrontar con mayor o menor éxito el miedo a la oscuridad. Pero, queramos o no, debajo de nuestra cama se esconde un monstruo. La táctica habitual es intentar ignorarlo, hacer como si no existiera, aunque sabemos perfectamente que él nos observa. Esto se hace con la intención de hacer creer al monstruo que no tiene nada que hacer ante nuestra robustez y que no podrá derribar nuestra entereza. Es falso. Si él quisiese podría paralizarnos con suma facilidad, con un simple gesto sería capaz de aterrorizar al más valiente niño.
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