Redescubriendo


Lengua. Lengua. Lengua. L-E-N-G-U-A. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua. Lengua.

Es necesario repetirlo las veces que sea necesario hasta que pierda su sentido. Lengua. Es maravilloso. L-E-N-G-U-A. Si hay una cosa que uno va perdiendo cuando va ganando años es la capacidad de asombro. Llega un punto en el que parece que has visto tantas cosas que no te permites asombrarte por nada. Entierras tu sorpresa y la transformas en apatía, dejándote llevar hacia la monotonía de lo cotidiano. Pero esa capacidad de asombro puede salir a la superficie de una manera sencilla y sin esfuerzo. Todo el mundo ha jugado alguna vez a decir una palabra muchas veces hasta que pierda su sentido. Permite eliminar lo cotidiano que tenía su nombre y admirarla desde una nueva perspectiva.

Lengua. Pongamos, por ejemplo, ese músculo rosado que tenemos dentro de la boca. LEN-GUA. Ahora que la palabra suena ajena, podemos saborearla mejor. L-E-N-G-U-A. Empiezas a ser consciente de que dentro de la boca tienes un bulto rosa. La sacas y te la miras en el espejo. Te das cuenta de que, aquel músculo que te permite saborear los alimentos y vocalizar, fuera de la cavidad bucal parece gordo y torpe. Y está húmeda. Llega incluso a ser molesta, tienes que llevar cuidado en no seccionarla con los dientes y cometer una tragedia. Es nuevo, nunca te habías parado a contemplar así este órgano, es como si fuese algo que acabas de descubrir que tienes. Su utilidad es evidente, pero muchas veces se ve involucrada en otras actividades, casi siempre relacionadas con el placer. Te permite distinguir un plato de espinacas de uno de pollo; un plato de acelgas de un flan. Más aún, la lengua es parte fundamental de los besos, es el elemento activo que hace compartir fluidos, saborear al otro. Se pueden entrelazar, puedes explorar la boca del otro. Puedes metérsela hasta la campanilla. Por fin, algo tan tuyo como la lengua, has conseguido redescubrirla. Fascinante