Diario de viaje (II): Bruselas

Tengo la absoluta certeza de que cada ciudad del mundo, fundamentalmente aquellas que tienen algo especial que mostrar y que son admiradas por ese algo, tienen su propio olor característico y representativo que se ha instaurado en nuestro olfato. París huele a pan caliente, Amsterdam a queso y, aunque no he estado en Nueva York, me da que debe oler a perrito caliente. Bruselas huele, sin duda, a chocolate y a gofre.

Esto es un hecho objetivo que cualquiera que haya estado allí entenderá perfectamente el porqué. Si hace unos años se decía que una ardilla podía atravesar la Península Ibérica de árbol en árbol sin necesidad de tocar el suelo, lo mismo podría decirse de Bruselas en la que uno puede ir a donde quiera saltando de tienda de chocolate en tienda de chocolate sin necesidad de tocar tierra firme. No obstante, en caso de no querer moverse por la ciudad de la manera propuesta, de tienda de chocolate en tienda de chocolate, tengo serias dudas acerca del material con el que están hechos los adoquines de la calle. Puedo sostener que los adoquines, lejos de estar extraídos de una cantera, están hechos de chocolate puro que, aunque no lo pude comprobar porque durante mi estancia allí ya empezaba a hacer frío, parecía que podían empezar a derretirse en cualquier momento. Si uno mira para arriba, no es casual que el color marrón predomine en los ladrillos de las casas: estas también deben de estar hechas de chocolate. Así que imagínense las consecuencias catastróficas que podría desencadenar un día de calor en Bruselas. Figúrense cómo quedaría la ciudad tras una ola de calor en la que las calles se convertirían en ríos de chocolate y los edificios empezarían a disminuir su tamaño vagando a la deriva por el chocolate líquido como lo hace un iceberg en Groenlandia. Pero afortunadamente Bélgica no es un país en el que haga calor, así que esta imagen de ciudad derretida estará, por el momento, solo en nuestra imaginación. Sigue leyendo «Diario de viaje (II): Bruselas»

Baba de caracol

Se acercó lo más que pudo. Los ojos le bizqueaban de lo cerca que estaba y le dolían. Pero no importaba, quería verlo más y más cerca, casi podía tocarlo con la nariz. El caracol se arrastraba dejando tras de sí la baba amarillenta en la cerámica del suelo. Podía seguirse con un golpe de vista allí por donde el animal había pasado. Era asombroso que un animal de esas dimensiones y a la velocidad a la que se mueve hubiese recorrido todo ese trecho. El cuerpo se contraía para moverse mientras la concha se bamboleaba a los lados. Era fascinante la tranquilidad con la que el animal se movía. Allá a tu alrededor a donde mirases solo veías insectos moviéndose frenéticamente por el aire. Y, en medio de todo ese frenesí, aquel caracol se movía pasmosamente.

El niño intentó tocarlo con sus deditos curiosos. No sabía cómo hacerlo ni dónde hacerlo. Le daba un poco de miedo hacerlo, no sabría cómo reaccionaría aquel bicho, aunque por la forma en la que se movía no podía ser muy peligroso. Aunque esto también pensaba hasta el verano pasado de las avispas. Había oído a mamá decirle que tuviera cuidado con ellas, que podían hacerte daño, pero él las veía moverse de aquella manera y flotar montones de ellas muertas en la piscina de la casa de su tío que pensaba que eran inofensivas. No pensaba ni por asomo que pudiesen hacerle daño alguno. Pero el verano pasado se le posó una en la rodilla y él, curioso, intentó hacerla volar de un manotazo. Entonces fue cuando le picó. Y cómo dolía. Fue corriendo a los brazos de su madre llorando. Era un dolor insufrible. El peor que recordaba. Sigue leyendo «Baba de caracol»

Mosca

La mosca se apoyó en el filo del vaso y empezó a asearse sus patitas diminutas. Los dos ojos, divididos en miles de de celdillas, me miraban. Sus alas transparentes se agitaban. Parecía estar tramando algo. El modo con el que se paseaba por el borde del vaso hacía sospechar de una intención malvada. Su cuerpo, de un color apagado, se movía de un lado para otro en una danza hiperactiva. Aquella mosca fea, repugnante, debía de haber salido de un huevo tan feo y tan repugnante cómo ella. Desconocía el tiempo exacto de vida que se le espera a una mosca, pero suponía que sería corto, muy corto, aunque suficiente para ese ser diminuto. Con objeto de espantarla, acerqué mi mano al vaso. Se decidió a emprender el vuelo y rebotó en mi piel. Se zambulló en el líquido del vaso. Al momento, su cadáver flotaba.
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