
Hoy leía en EL PAÍS.COM la siguiente noticia: Muere el inventor de la bomba de neutrones.
La gracia no es que este tal Samuel T. Cohen haya muerto. Todos los días muere gente y no por eso son noticia. No es eso. Lo relevante es que este hombre fue el inventor de la bomba de neutrones, la cual estaba diseñada para matar seres vivos sin causar daños materiales. Esta bomba, que es tan letal como cualquier otra, tiene la ventaja de que sólo mata a todo ser vivo que se ponga por delante, pero que deja intactos los semáforos, las marquesinas de los autobuses, las cabinas y los pasos de cebra. Además, no hay peligro de radiación. La ciudad, en definitiva, quedaría igual que antes de que la bomba fuese lanzada. Eso sí, habría que retirar los cadáveres. Cohen defendía su invento como «el arma más sana y moral jamás construida, porque cuando la guerra acabe, el mundo seguirá intacto». Visto de esa forma, los inconvenientes no son tantos. Si ahora se habla de la guerra sucia, esta bomba vendría a ser lo opuesto, una guerra limpia, como a lo elegante.
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